Glossae

La vida es sueño

Pedro Calderón de la Barca


Un lugar tranquilo para leer una obra inmortal.

PERSONAS.


Basilio, rey de Polonia.

Segismundo, príncipe.

Astolfo, duque de Moscovia.

Clotaldo, viejo.

Clarin, gracioso.

Estrella, infanta.

Rosaura, dama.

Soldados.

Guardas.

Músicos.

Acompañamiento.

Criados.

Damas.

La escena es en la corte de Polonia, en una fortaleza poco distante y en el campo.


JORNADA PRIMERA.


A un lado monte fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve de prision á Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está entreabierta. La accion principia al anochecer.

ESCENA PRIMERA.

ROSAURA, CLARIN.

(Rosaura vestida de hombre aparece en lo alto de las peñas, y baja á lo llano; tras ella viene Clarin.)

Rosaura.

Hipogrifo violento

Que corriste parejas con el viento,

¿Dónde rayo sin llama,

Pájaro sin matiz, pez sin escama,

Y bruto sin instinto

Natural, al confuso laberinto

Destas desnudas peñas

Te desbocas, arrastras y despeñas?

Quédate en este monte,

Donde tengan los brutos su Faetonte;

Que yo, sin más camino

Que el que me dan las leyes del destino.

Ciega y desesperada

Bajaré la aspereza enmarañada

Deste monte eminente,

Que arruga al sol el ceño de su frente.

Mal, Polonia, recibes

A un extranjero, pues con sangre escribes

Su entrada en tus arenas,

Y apénas llega, cuando llega á penas.

Bien mi suerte lo dice;

¿Mas dónde halló piedad un infelice?

Clarin.

Dí dos, y no me dejes

En la posada á mí cuando te quejes;

Que si dos hemos sido

Los que de nuestra patria hemos salido

A probar aventuras,

Dos los que entre desdichas y locuras

Aquí habemos llegado,

Y dos los que del monte hemos rodado,

¿No es razon que yo sienta

Meterme en el pesar, y no en la cuenta?

Rosaura.

No te quiero dar parte

En mis quejas, Clarin, por no quitarte,

Llorando tu desvelo,

El derecho que tienes tú al consuelo.

Que tanto gusto habia

En quejarse, un filósofo decia,

Que, á trueco de quejarse,

Habian las desdichas de buscarse.

Clarin.

El filósofo era

Un borracho barbon: ¡oh! ¡quién le diera

Más de mil bofetadas!

Quejárase despues de muy bien dadas.

¿Mas qué haremos, señora,

A pié, solos, perdidos y á esta hora

En un desierto monte,

Cuando se parte el sol á otro horizonte?

Rosaura.

¡Quién ha visto sucesos tan extraños!

Mas si la vista no padece engaños

Que hace la fantasía,

A la medrosa luz que áun tiene el dia,

Me parece que veo

Un edificio.

Clarin.

Ó miente mi deseo,

Ó termino las señas.

Rosaura.

Rústico nace entre desnudas peñas

Un palacio tan breve,

Que al sol apénas á mirar se atreve:

Con tan rudo artificio

La arquitectura está de su edificio,

Que parece, á las plantas

De tantas rocas y de peñas tantas

Que al sol tocan la lumbre,

Peñasco que ha rodado de la cumbre.

Clarin.

Vámonos acercando;

Que este es mucho mirar, señora, cuando

Es mejor que la gente

Que habita en ella, generosamente

Nos admita.

Rosaura.

La puerta

(Mejor diré funesta boca) abierta

Está, y desde su centro

Nace la noche, pues la engendra dentro.

(Suenan dentro cadenas.)

Clarin.

¡Qué es lo que escucho, cielo!

Rosaura.

Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.

Clarin.

¿Cadenita hay que suena?

Mátenme, si no es galeote en pena:

Bien mi temor lo dice.

ESCENA II.

SEGISMUNDO, en la torre.—ROSAURA, CLARIN.

Segism.

(Dentro.) ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

Rosaura.

¡Qué triste voz escucho!

Con nuevas penas y tormentos lucho.

Clarin.

Yo con nuevos temores.

Rosaura.

Clarin...

Clarin.

Señora...

Rosaura.

Huyamos los rigores

Desta encantada torre.

Clarin.

Yo áun no tengo

Ánimo para huir, cuando á eso vengo.

Rosaura.

¿No es breve luz aquella

Caduca exhalacion, pálida estrella,

Que en trémulos desmayos,

Pulsando ardores y latiendo rayos,

Hace más tenebrosa

La oscura habitacion con luz dudosa?

Sí, pues á sus reflejos

Puedo determinar (aunque de léjos)

Una prision oscura,

Que es de un vivo cadáver sepultura;

Y porque más me asombre,

En el traje de fiera yace un hombre

De prisiones cargado,

Y sólo de una luz acompañado.

Pues huir no podemos,

Desde aquí sus desdichas escuchemos:

Sepamos lo que dice.

(Abrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)

Segism.

¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

Ya que me tratais así,

Qué delito cometí

Contra vosotros naciendo:

Aunque si nací, ya entiendo

Qué delito he cometido:

Bastante causa ha tenido

Vuestra justicia y rigor,

Pues el delito mayor

Del hombre es haber nacido.

Solo quisiera saber

Para apurar mis desvelos

(Dejando á una parte, cielos,

El delito del nacer),

¿Qué más os pude ofender,

Para castigarme más?

¿No nacieron los demas?

Pues si los demas nacieron,

¿Qué privilegios tuvieron

Que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas

Que le dan belleza suma,

Apénas es flor de pluma,

Ó ramillete con alas,

Cuando las etéreas alas

Corta con velocidad,

Negándose á la piedad

Del nido que deja en calma:

¿Y teniendo yo más alma,

Tengo ménos libertad?

Nace el bruto, y con la piel

Que dibujan manchas bellas,

Apénas signo es de estrellas

(Gracias al docto pincel),

Cuando atrevido y cruel,

La humana[1] necesidad

Le enseña á tener crueldad,

Monstruo de su laberinto:

¿Y yo con mejor instinto

Tengo ménos libertad?

Nace el pez, que no respira,

Aborto de ovas y lamas,

Y apénas bajel de escamas

Sobre las ondas se mira,

Cuando á todas partes gira,

Midiendo la inmensidad

De tanta capacidad

Como le da el centro frio:

¿Y yo con más albedrío

Tengo ménos libertad?

Nace el arroyo, culebra

Que entre flores se desata,

Y apénas, sierpe de plata,

Entre las flores se quiebra,

Cuando músico celebra

De las flores la piedad,

Que le da la majestad

Del campo abierto á su huida:

¿Y teniendo yo más vida

Tengo ménos libertad?

En llegando á esta pasion,

Un volcan, un Etna hecho,

Quisiera arrancar del pecho

Pedazos del corazon:

¿Qué ley, justicia ó razon

Negar á los hombres sabe

Privilegio tan süave,

Excepcion tan principal,

Que Dios le ha dado á un cristal,

Á un pez, á un bruto y á un ave?

Rosaura.

Temor y piedad en mí

Sus razones han causado.

Segism.

¿Quién mis voces ha escuchado?

¿Es Clotaldo?

Clarin.

(Ap. á su amo.) Dí que sí.

Rosaura.

No es sino un triste (¡ay de mí!)

Que en estas bóvedas frias

Oyó tus melancolías.

Segism.

Pues muerte aquí te daré,

Porque no sepas que sé (Ásela.)

Que sabes flaquezas mias.

Sólo porque me has oido,

Entre mis membrudos brazos

Te tengo de hacer pedazos.

Clarin.

Yo soy sordo, y no he podido

Escucharte.

Rosaura.

Si has nacido

Humano, baste el postrarme

Á tus piés para librarme.

Segism.

Tu voz pudo enternecerme,

Tu presencia suspenderme

Y tu respeto turbarme.

¿Quién eres? que aunque yo aquí

Tan poco del mundo sé,

Que cuna y sepulcro fué

Esta torre para mí:

Y aunque desde que nací

(Si esto es nacer) sólo advierto

Este rústico desierto,

Donde miserable vivo,

Siendo un esqueleto vivo,

Siendo un animado muerto:

Y aunque nunca ví ni hablé,

Sino á un hombre solamente

Que aquí mis desdichas siente,

Por quien las noticias sé

De cielo y tierra, y aunque

Aquí, porque más te asombres

Y monstruo humano me nombres,

Entre asombros y quimeras,

Soy un hombre de las fieras,

Y una fiera de los hombres:

Y aunque en desdichas tan graves

La política he estudiado,

De los brutos enseñado,

Advertido de las aves,

Y de los astros süaves

Los círculos he medido;

Tú sólo, tú has suspendido

La pasion á mis enojos,

La suspension á mis ojos,

La admiracion á mi oido.

Con cada vez que te veo

Nueva admiracion me das,

Y cuando te miro más,

Aun más mirarte deseo.

Ojos hidrópicos creo

Que mis ojos deben ser;

Pues cuando es muerte el beber,

Beben más, y desta suerte,

Viendo que el ver me da muerte,

Estoy muriendo por ver.

Pero véate yo y muera;

Que no sé, rendido ya.

Si el verte muerte me da,

El no verte qué me diera.

Fuera, más que muerte fiera.

Ira, rabia y dolor fuerte;

Fuera muerte: desta suerte

Su rigor he ponderado.

Pues dar vida á un desdichado

Es dar á un dichoso muerte.

Rosaura.

Con asombro de mirarte.

Con admiracion de oirte,

Ni sé qué pueda decirte.

Ni qué pueda preguntarte:

Sólo diré que á esta parte

Hoy el cielo me ha guiado

Para haberme consolado,

Si consuelo puede ser

Del que es desdichado, ver

Otro que es más desdichado.

Cuentan de un sabio, que un dia

Tan pobre y mísero estaba,

Que sólo se sustentaba

De unas yerbas que cogia.

¿Habrá otro (entre sí decia)

Más pobre y triste que yo?

Y cuando el rostro volvió,

Halló la respuesta, viendo

Que iba otro sabio cogiendo

Las hojas que él arrojó.

Quejoso de la fortuna

Yo en este mundo vivia,

Y cuando entre mí decia:

¿Habrá otra persona alguna

De suerte más importuna?

Piadoso me has respondido;

Pues volviendo en mi sentido.

Hallo que las penas mias,

Para hacerlas tú alegrías

Las hubieras recogido.

Y por si acaso mis penas

Pueden en algo aliviarte,

Óyelas atento, y toma

Las que dellas me sobraren.

Yo soy...

ESCENA III.

CLOTALDO, SOLDADOS.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN.

Clotal.

(Dentro.) Guardas desta torre,

Que, dormidas ó cobardes,

Dísteis paso á dos personas

Que han quebrantado la cárcel...

Rosaura.

Nueva confusion padezco.

Segism.

Este es Clotaldo, mi alcaide.

¿Aun no acaban mis desdichas?

Clotal.

(Dentro.) Acudid, y vigilantes,

Sin que puedan defenderse,

Ó prendedles, ó matadles.

Voces.

(Dentro.) ¡Traicion!

Clarin.

Guardas desta torre.

Que entrar aquí nos dejasteis.

Pues que nos dais á escoger.

El prendernos es más fácil.

(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola, y todos con los rostros cubiertos.)

Clotal.

(Aparte á los soldados al salir.)

Todos os cubrid los rostros;

Que es diligencia importante

Miéntras estamos aquí

Que no nos conozca nadie.

Clarin.

¿Enmascaraditos hay?

Clotal.

Oh vosotros que ignorantes,

De aqueste vedado sitio

Coto y término pasasteis

Contra el decreto del Rey,

Que manda que no ose nadie

Examinar el prodigio

Que entre esos peñascos yace,

Rendid las armas y vidas,

Ó aquesta pistola, áspid

De metal, escupirá

El veneno penetrante

De dos balas, cuyo fuego

Será escándalo del aire.

Segism.

Primero, tirano dueño,

Que los ofendas ni agravies,

Será mi vida despojo

Destos lazos miserables;

Pues en ellos, vive Dios,

Tengo de despedazarme

Con las manos, con los dientes,

Entre aquestas peñas, ántes

Que su desdicha consienta

Y que llore sus ultrajes.

Clotal.

Si sabes que tus desdichas,

Segismundo, son tan grandes,

Que ántes de nacer moriste

Por ley del cielo; si sabes

Que aquestas prisiones son

De tus furias arrogantes

Un freno que las detenga

Y una rueda que las pare,

¿Por qué blasonas? La puerta (A los soldados.)

Cerrad de esa estrecha cárcel;

Escondedle en ella.

Segism.

¡Ah, cielos,

Qué bien haceis en quitarme

La libertad! porque fuera

Contra vosotros gigante,

Que para quebrar al sol

Esos vidrios y cristales,

Sobre cimientos de piedra

Pusiera montes de jaspe.

Clotal.

Quizá, porque no los pongas,

Hoy padeces tantos males.

(Llévanse algunos soldados á Segismundo y enciérranle en su prision.)

ESCENA IV.

ROSAURA, CLOTALDO, CLARIN, SOLDADOS.

Rosaura.

Ya que ví que la soberbia

Te ofendió tanto, ignorante

Fuera en no pedirte humilde

Vida que á tus plantas yace.

Muévate en mí la piedad;

Que será rigor notable,

Que no hallen favor en tí

Ni soberbias ni humildades.

Clarin.

Y si humildad ni soberbia

No te obligan, personajes

Que han movido y removido

Mil autos sacramentales,

Yo, ni humilde ni soberbio,

Sino entre las dos mitades

Entreverado, te pido

Que nos remedies y ampares.

Clotal.

¡Hola!

Soldado.

Señor...

Clotal.

A los dos

Quitad las armas, y atadles

Los ojos, porque no vean

Cómo ni de dónde salen.

Rosaura.

Mi espada es esta, que á tí

Solamente ha de entregarse,

Porque al fin, de todos eres

El principal, y no sabe

Rendirse á ménos valor.

Clarin.

La mia es tal, que puede darse

Al más rüin: tomadla vos. (A un soldado.)

Rosaura.

Y si he de morir, dejarte

Quiero, en fe desta piedad,

Prenda que pudo estimarse

Por el dueño que algun dia

Se la ciñó: que la guardes

Te encargo, porque aunque yo

No sé qué secreto alcance,

Sé que esta dorada espada

Encierra misterios grandes,

Pues solo fiado en ella

Vengo á Polonia á vengarme

De un agravio.

Clotal.

(Aparte.) ¡Santos cielos!

¡Qué es esto! ya son más graves

Mis penas y confusiones,

Mis ánsias y mis pesares.

¿Quién te la dió?

Rosaura.

Una mujer.

Clotal.

¿Cómo se llama?

Rosaura.

Que calle

Su nombre es fuerza.

Clotal.

¿De qué

Infieres ahora, ó sabes,

Que hay secreto en esta espada?

Rosaura.

Quien me la dió, dijo: «Parte

A Polonia, y solicita

Con ingenio, estudio ó arte,

Que te vean esa espada

Los nobles y principales,

Que yo sé que alguno dellos

Te favorezca y ampare;»

Que por si acaso era muerto,

No quiso entónces nombrarle.

Clotal.

(Ap.) ¡Válgame el cielo, qué escucho!

Aun no sé determinarme

Si tales sucesos son

Ilusiones ó verdades.

Esta es la espada que yo

Dejé á la hermosa Violante.

Por señas que el que ceñida

La trajera, habia de hallarme

Amoroso como hijo,

Y piadoso como padre.

Pues ¿qué he de hacer (¡ay de mi!)

En confusion semejante,

Si quien la trae por favor,

Para su muerte la trae,

Pues que sentenciado á muerte

Llega á mis piés? ¡Qué notable

Confusion! ¡Qué triste hado!

¡Qué suerte tan inconstante!

Este es mi hijo, y las señas

Dicen bien con las señales

Del corazon, que por verlo

Llama al pecho, y en él bate

Las alas, y no pudiendo

Romper los candados, hace

Lo que aquel que está encerrado,

Y oyendo ruido en la calle

Se asoma por la ventana:

El así, como no sabe

Lo que pasa, y oye el ruido,

Va á los ojos á asomarse,

Que son ventanas del pecho

Por donde en lágrimas sale.

¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!)

¿Qué he de hacer? Porque llevarle

Al Rey, es llevarle (¡ay triste!)

A morir. Pues ocultarle

Al Rey no puedo, conforme

A la ley del homenaje.

De una parte el amor proprio,

Y la lealtad de otra parte

Me rinden. Pero ¿qué dudo?

La lealtad del Rey ¿no es ántes

Que la vida y que el honor?

Pues ella viva y él falte.

Fuera de que si ahora atiendo

A que dijo que á vengarse

Viene de un agravio, hombre

Que está agraviado, es infame.—

No es mi hijo, no es mi hijo,

Ni tiene mi noble sangre.

Pero si ya ha sucedido

Un peligro, de quien nadie

Se libró, porque el honor

Es de materia tan frágil

Que con una accion se quiebra

Ó se mancha con un aire,

¿Qué más puede hacer, qué más,

El que es noble, de su parte,

Que á costa de tantos riesgos

Haber venido á buscarle?

Mi hijo es, mi sangre tiene,

Pues tiene valor tan grande;

Y así, entre una y otra duda,

El medio más importante

Es irme al Rey, y decirle

Que es mi hijo, y que le mate.

Quizá la misma piedad

De mi honor podrá obligarle;

Y si le merezco vivo,

Yo le ayudaré á vengarse

De su agravio; mas si el Rey,

En sus rigores constante,

Le da muerte, morirá

Sin saber que soy su padre.—

Venid conmigo, extranjeros,

(A Rosaura y Clarin.)

No temais, no, de que os falte

Compañía en las desdichas,

Pues en duda semejante

De vivir ó de morir,

No sé cuáles son más grandes. (Vanse.)


Salon del Palacio Real en la corte[2].

ESCENA V.

ASTOLFO y soldados, que salen por un lado, y por el otro la INFANTA ESTRELLA y damas. Música militar dentro y salvas.

Astolfo.

Bien al ver los excelentes

Rayos, que fueron cometas,

Mezclan salvas diferentes

Las cajas y las trompetas,

Los pájaros y las fuentes:

Siendo con música igual,

Y con maravilla suma,

A tu vista celestial

Unos, clarines de pluma,

Y otras, aves de metal;

Y así os saludan, señora,

Como á su reina las balas,

Los pájaros como Aurora,

Las trompetas como á Pálas

Y las flores como á Flora;

Porque sois, burlando el dia

Que ya la noche destierra,

Aurora en el alegría,

Flora en paz, Pálas en guerra,

Y reina en el alma mia.

Estrel.

Si la voz se ha de medir

Con las acciones humanas,

Mal habeis hecho en decir

Finezas tan cortesanas,

Donde os pueda desmentir

Todo ese marcial trofeo

Con quien ya atrevida lucho;

Pues no dicen, segun creo,

Las lisonjas que os escucho,

Con los rigores que veo.

Y advertid que es baja accion,

Que sólo á una fiera toca,

Madre de engaño y traicion,

El halagar con la boca

Y matar con la intencion.

Astolfo.

Muy mal informada estais,

Estrella, pues que la fe

De mis finezas dudais,

Y os suplico que me oigais

La causa, á ver si la sé.

Falleció Eustorgio tercero,

Rey de Polonia, y quedó

Basilio por heredero,

Y dos hijas, de quien yo

Y vos nacimos.—No quiero

Cansaros con lo que tiene

Lugar aquí.—Clorilene,

Vuestra madre y mi señora,

Que en mejor imperio ahora

Dosel de luceros tiene,

Fué la mayor, de quien vos

Sois hija; fué la segunda,

Madre y tia de los dos,

La gallarda Recisunda,

Que guarde mil años Dios;

Casó en Moscovia, de quien

Nací yo. Volver ahora

Al otro principio es bien.

Basilio, que ya, señora,

Se rinde al comun desden

Del tiempo, más inclinado

A los estudios que dado

A mujeres, enviudó

Sin hijos, y vos y yo

Aspiramos á este Estado.

Vos alegais que habeis sido

Hija de hermana mayor;

Yo, que varon he nacido,

Y aunque de hermana menor,

Os debo ser preferido.

Vuestra intencion y la mia

A nuestro tio contamos:

Él respondió que queria

Componernos, y aplazamos

Este puesto y este dia.

Con esta intencion salí

De Moscovia y de su tierra;

Con esta llegué hasta aquí,

En vez de haceros yo guerra,

A que me la hagais á mí.

¡Oh! quiera Amor, sabio dios,

Que el vulgo, astrólogo cierto,

Hoy lo sea con los dos,

Y que pare este concierto

En que seais Reina vos,

Pero Reina en mi albedrío,

Dándôs, para más honor,

Su corona nuestro tio,

Sus triunfos vuestro valor

Y su imperio el amor mio.

Estrel.

A tan cortés bizarría

Ménos mi pecho no muestra,

Pues la imperial monarquía

Para sólo hacerla vuestra

Me holgara que fuera mia;

Aunque no está satisfecho

Mi amor de que sois ingrato,

Si en cuanto decís, sospecho

Que os desmiente ese retrato

Que está pendiente del pecho.

Astolfo.

Satisfaceros intento

Con él... Mas lugar no da

Tanto sonoro instrumento, (Tocan cajas.)

Que avisa que sale ya

El Rey con su parlamento.

ESCENA VI.

EL REY BASILIO, acompañamiento.—ASTOLFO, ESTRELLA, damas, soldados.

Estrel.

Sabio Táles...

Astolfo.

Docto Euclídes...

Estrel.

Que entre signos...

Astolfo.

Que entre estrellas...

Estrel.

Hoy gobiernas...

Astolfo.

Hoy resides...

Estrel.

Y sus caminos...

Astolfo.

Sus huellas...

Estrel.

Describes...

Astolfo.

Tasas y mides...

Estrel.

Deja que en humildes lazos...

Astolfo.

Deja que en tiernos abrazos...

Estrel.

Hiedra dese tronco sea.

Astolfo.

Rendido á tus piés me vea.

Basilio.

Sobrinos, dadme los brazos,

Y creed, pues que leales

Á mi precepto amoroso

Venís con afectos tales,

Que á nadie deje quejoso

Y los dos quedeis iguales:

Y así, cuando me confieso

Rendido al prolijo peso,

Sólo os pido en la ocasion

Silencio, que admiracion

Ha de pedirla el suceso.

Ya sabeis (estadme atentos,

Amados sobrinos mios,

Corte ilustre de Polonia,

Vasallos, deudos y amigos),

Ya sabeis que yo en el mundo

Por mi ciencia he merecido

El sobrenombre de docto,

Pues, contra el tiempo y olvido,

Los pinceles de Timantes,

Los mármoles de Lisipo,

En el ámbito del orbe

Me aclaman el gran Basilio.

Ya sabeis que son las ciencias

Que más curso y más estimo,

Matemáticas sutiles,

Por quien al tiempo le quito,

Por quien á la fama rompo

La jurisdiccion y oficio

De enseñar más cada dia;

Pues cuando en mis tablas miro

Presentes las novedades

De los venideros siglos,

Le gano al tiempo las gracias

De contar lo que yo he dicho.

Esos círculos de nieve,

Esos doseles de vidrio

Que el sol ilumina á rayos,

Que parte la luna á giros;

Esos orbes de diamantes,

Esos globos cristalinos

Que las estrellas adornan

Y que campean los signos,

Son el estudio mayor

De mis años, son los libros

Donde en papel de diamante,

En cuadernos de zafiro,

Escribe con líneas de oro,

En caracteres distintos,

El cielo nuestros sucesos,

Ya adversos ó ya benignos.

Estos leo tan veloz,

Que con mi espíritu sigo

Sus rápidos movimientos

Por rumbos y por caminos.

¡Pluguiera al cielo, primero

Que mi ingenio hubiera sido

De sus márgenes comento,

Y de sus hojas registro,

Hubiera sido mi vida

El primero desperdicio

De sus iras, y que en ellas

Mi tragedia hubiera sido,

Porque de los infelices

Aun el mérito es cuchillo,

Que á quien le daña el saber,

Homicida es de sí mismo!

Dígalo yo, aunque mejor

Lo dirán sucesos mios,

Para cuya admiracion

Otra vez silencio os pido.

En Clorilene, mi esposa,

Tuve un infelice hijo,

En cuyo parto los cielos

Se agotaron de prodigios.

Ántes que á la luz hermosa

Le diese el sepulcro vivo

De un vientre (porque el nacer

Y el morir son parecidos),

Su madre infinitas veces,

Entre ideas y delirios

Del sueño, vió que rompia

Sus entrañas atrevido

Un monstruo en forma de hombre,

Y entre su sangre teñido,

La daba muerte, naciendo

Víbora humana del siglo.

Llegó de su parto el dia,

Y los presagios cumplidos

(Porque tarde ó nunca son

Mentirosos los impíos),

Nació en horóscopo tal,

Que el sol, en su sangre tinto,

Entraba sañudamente

Con la luna en desafío;

Y siendo valla la tierra,

Los dos faroles divinos

A luz entera luchaban,

Ya que no á brazo partido.

El mayor, el más horrendo

Eclipse que ha padecido

El sol, despues que con sangre

Lloró la muerte de Cristo,

Este fué, porque anegado

El orbe en incendios vivos,

Presumió que padecia

El último parasismo:

Los cielos se oscurecieron,

Temblaron los edificios,

Llovieron piedras las nubes,

Corrieron sangre los rios.

En aqueste, pues, del sol

Ya frenesí, ó ya delirio,

Nació Segismundo, dando

De su condicion indicios,

Pues dió la muerte á su madre,

Con cuya fiereza dijo:

Hombre soy, pues que ya empiezo

A pagar mal beneficios.

Yo, acudiendo á mis estudios,

En ellos y en todo miro

Que Segismundo sería

El hombre más atrevido,

El príncipe más cruel

Y el monarca más impío,

Por quien su reino vendria

A ser parcial y diviso,

Escuela de las traiciones

Y academia de los vicios;

Y él, de su furor llevado,

Entre asombros y delitos,

Habia de poner en mí

Las plantas, y yo rendido

A sus piés me habia de ver,

(¡Con qué vergüenza lo digo!)

Siendo alfombra de sus plantas

Las canas del rostro mio.

¿Quién no da crédito al daño,

Y más al daño que ha visto

En su estudio, donde hace

El amor proprio su oficio?

Pues dando crédito yo

Á los hados, que divinos

Me pronosticaban daños

En fatales vaticinios,

Determiné de encerrar

La fiera que habia nacido,

Por ver si el sabio tenía

En las estrellas dominio.

Publicóse que el infante

Nació muerto, y prevenido

Hice labrar una torre

Entre las peñas y riscos

De esos montes, donde apénas

La luz ha hallado camino,

Por defenderle la entrada

Sus rústicos obeliscos.

Las graves penas y leyes,

Que con públicos edictos

Declararon que ninguno

Entrase á un vedado sitio

Del monte, se ocasionaron

De las causas que os he dicho.

Allí Segismundo vive

Mísero, pobre y cautivo,

Adonde sólo Clotaldo

Le ha hablado, tratado y visto.

Este le ha enseñado ciencias;

Este en la ley le ha instruido

Católica, siendo sólo

De sus miserias testigo.

Aquí hay tres cosas: la una

Que yo, Polonia, os estimo

Tanto, que os quiero librar

De la opresion y servicio

De un rey tirano, porque

No fuera señor benigno

El que á su patria y su imperio

Pusiera en tanto peligro.

La otra es considerar

Que si á mi sangre le quito

El derecho que le dieron

Humano fuero y divino,

No es cristiana caridad;

Pues ninguna ley ha dicho

Que por reservar yo á otro

De tirano y de atrevido,

Pueda yo serlo, supuesto

Que si es tirano mi hijo,

Porque él delitos no haga,

Vengo yo á hacer los delitos.

Es la última y tercera

El ver cuánto yerro ha sido

Dar crédito fácilmente

Á los sucesos previstos;

Pues aunque su inclinacion

Le dicte sus precipicios,

Quizá no le vencerán,

Porque el hado más esquivo,

La inclinacion más violenta,

El planeta más impío,

Sólo el albedrío inclinan,

No fuerzan el albedrío.

Y así, entre una y otra causa,

Vacilante y discursivo,

Previne un remedio tal,

Que os suspenda los sentidos.

Yo he de ponerle mañana,

Sin que él sepa que es mi hijo

Y Rey vuestro, á Segismundo

(Que aqueste su nombre ha sido)

En mi dosel, en mi silla,

Y en fin, en el lugar mio,

Donde os gobierne y os mande,

Y donde todos rendidos

La obediencia le jureis;

Pues con aquesto consigo

Tres cosas, con que respondo

Á las otras tres que he dicho.

Es la primera, que siendo

Prudente, cuerdo y benigno,

Desmintiendo en todo al hado

Que dél tantas cosas dijo,

Gozaréis el natural

Príncipe vuestro, que ha sido

Cortesano de unos montes

Y de sus fieras vecino.

Es la segunda, que si él

Soberbio, osado, atrevido

Y cruel, con rienda suelta

Corre el campo de sus vicios,

Habré yo piadoso entónces

Con mi obligacion cumplido;

Y luégo en desposeerle

Haré como Rey invicto,

Siendo el volverle á la cárcel

No crueldad, sino castigo.

Es la tercera, que siendo

El príncipe como os digo,

Por lo que os amo, vasallos,

Os daré reyes más dignos

De la corona y el cetro;

Pues serán mis dos sobrinos,

Que junto en uno el derecho

De los dos, y convenidos

Con la fe del matrimonio,

Tendrán lo que han merecido.

Esto como rey os mando,

Esto como padre os pido,

Esto como sabio os ruego,

Esto como anciano os digo;

Y si el Séneca español,

Que era humilde esclavo, dijo,

De su república un rey,

Como esclavo os lo suplico.

Astolfo.

Si á mí el responder me toca,

Como el que en efecto ha sido

Aquí el más interesado,

En nombre de todos digo

Que Segismundo parezca,

Pues le basta ser tu hijo.

Todos.

Dános al príncipe nuestro,

Que ya por rey le pedimos.

Basilio.

Vasallos, esa fineza

Os agradezco y estimo.

Acompañad á sus cuartos

A los dos atlantes mios,

Que mañana le vereis.

Todos.

¡Viva el grande rey Basilio!

(Éntranse todos acompañando á Estrella y á Astolfo: quédase el Rey.)

ESCENA VII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.—BASILIO.

Clotal.

¿Podréte hablar? (Al Rey.)

Basilio.

¡Oh Clotaldo!

Tú seas muy bien venido.

Clotal.

Aunque viniendo á tus plantas

Era fuerza haberlo sido,

Esta vez rompe, señor,

El hado triste y esquivo

El privilegio á la ley

Y á la costumbre el estilo.

Basilio.

¿Qué tienes?

Clotal.

Una desdicha,

Señor, que me ha sucedido,

Cuando pudiera tenerla

Por el mayor regocijo.

Basilio.

Prosigue.

Clotal.

Este bello jóven,

Osado ó inadvertido,

Entró en la torre, señor,

Adonde al Príncipe ha visto,

Y es...

Basilio.

No os aflijais, Clotaldo:

Si otro dia hubiera sido,

Confieso que lo sintiera;

Pero ya el secreto he dicho,

Y no importa que él lo sepa,

Supuesto que yo lo digo.

Vedme despues, porque tengo

Muchas cosas que advertiros

Y muchas que hagais por mí;

Que habeis de ser, os aviso,

Instrumento del mayor

Suceso que el mundo ha visto:

Y á esos presos, porque al fin

No presumais que castigo

Descuidos vuestros, perdono. (Vase.)

Clotal.

¡Vivas, gran señor, mil siglos!

ESCENA VIII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.

Clotal.

(Ap. Mejoró el cielo la suerte:

Ya no diré que es mi hijo,

Pues que lo puedo excusar.)

Extranjeros peregrinos,

Libres estais.

Rosaura.

Tus piés beso

Mil veces.

Clarin.

Y yo los viso,

Que una letra más ó ménos

No reparan dos amigos.

Rosaura.

La vida, señor, me has dado;

Y pues á tu cuenta vivo,

Eternamente seré

Esclavo tuyo.

Clotal.

No ha sido

Vida la que yo te he dado,

Porque un hombre bien nacido,

Si está agraviado, no vive;

Y supuesto que has venido

Á vengarte de un agravio,

Segun tú proprio me has dicho,

No te he dado vida yo,

Porque tú no la has traido,

Que vida infame no es vida.

(Ap. Bien con aquesto le animo.)

Rosaura.

Confieso que no la tengo,

Aunque de tí la recibo;

Pero yo con la venganza

Dejaré mi honor tan limpio,

Que pueda mi vida luego,

Atropellando peligros,

Parecer dádiva tuya.

Clotal.

Toma el acero bruñido

Que trajiste; que yo sé

Que él baste, en sangre teñida

De tu enemigo, á vengarte;

Porque acero que fué mio

(Digo este instante, este rato

Que en mi poder le he tenido),

Sabrá vengarte.

Rosaura.

En tu nombre

Segunda vez me le ciño,

Y en él juro mi venganza,

Aunque fuese mi enemigo

Más poderoso.

Clotal.

¿Eslo mucho?

Rosaura.

Tanto, que no te lo digo,

No porque de tu prudencia

Mayores cosas no fío,

Sino porque no se vuelva

Contra mí el favor que admiro

En tu piedad.

Clotal.

Ántes fuera

Ganarme á mí con decirlo;

Pues fuera cerrarme el paso

De ayudar á tu enemigo.

(Ap. ¡Oh si supiera quién es!)

Rosaura.

Porque no pienses que estimo

Tan poco esa confianza,

Sabe que el contrario ha sido

No ménos que Astolfo, duque

De Moscovia.

Clotal.

(Ap. Mal resisto

El dolor, porque es más grave,

Que fué imaginado, visto.

Apuremos más el caso.)

Si moscovita has nacido,

El que es natural señor,

Mal agraviarte ha podido:

Vuélvete á tu patria, pues,

Y deja el ardiente brío

Que te despeña.

Rosaura.

Yo sé,

Que aunque mi príncipe ha sido,

Pudo agraviarme.

Clotal.

No pudo,

Aunque pusiera atrevido

La mano en tu rostro. (Ap. ¡Ay cielos!)

Rosaura.

Mayor fué el agravio mio.

Clotal.

Dílo ya, pues que no puedes

Decir más que yo imagino.

Rosaura.

Sí dijera; mas no sé

Con qué respeto te miro,

Con qué afecto te venero,

Con qué estimacion te asisto,

Que no me atrevo á decirte

Que es este exterior vestido

Enigma, pues no es de quien

Parece: juzga advertido,

Si no soy lo que parezco,

Y Astolfo á casarse vino

Con Estrella, si podrá

Agraviarme. Harto te he dicho.

(Vanse Rosaura y Clarin.)

Clotal.

¡Escucha, aguarda, detente!

¿Qué confuso laberinto

Es este, donde no puede

Hallar la razon el hilo?

Mi honor es el agraviado,

Poderoso el enemigo,

Yo vasallo, ella mujer:

Descubra el cielo camino;

Aunque no sé si podrá,

Cuando en tan confuso abismo

Es todo el cielo un presagio,

Y es todo el mundo un prodigio.


JORNADA SEGUNDA.


ESCENA PRIMERA.

BASILIO, CLOTALDO.

Clotal.

Todo, como lo mandaste,

Queda efectuado.

Basilio.

Cuenta,

Clotaldo, cómo pasó.

Clotal.

Fué, señor, desta manera.

Con la apacible bebida,

Que de confecciones llena

Hacer mandaste, mezclando

La virtud de algunas hierbas,

Cuyo tirano poder

Y cuya secreta fuerza

Así al humano discurso

Priva, roba y enajena,

Que deja vivo cadáver

Á un hombre, y cuya violencia,

Adormecido, le quita

Los sentidos y potencias...

—No tenemos que argüir

Que aquesto posible sea,

Pues tantas veces, señor,

Nos ha dicho la experiencia,

Y es cierto, que de secretos

Naturales está llena

La medicina, y no hay

Animal, planta ni piedra

Que no tenga calidad

Determinada, y si llega

Á examinar mil venenos

La humana malicia nuestra,

Que den la muerte, ¿qué mucho

Que, templada su violencia,

Pues hay venenos que maten,

Haya venenos que aduerman?

Dejando aparte el dudar

Si es posible que suceda,

Pues que ya queda probado

Con razones y evidencias...—

Con la bebida, en efecto,

Que el opio, la adormidera

Y el beleño compusieron,

Bajé á la cárcel estrecha

De Segismundo; con él

Hablé un rato de las letras

Humanas, que le ha enseñado

La muda naturaleza

De los montes y los cielos,

En cuya divina escuela

La retórica aprendió

De las aves y las fieras.

Para levantarle más

El espíritu á la empresa

Que solicitas, tomé

Por asunto la presteza

De un águila caudalosa,

Que despreciando la esfera

Del viento, pasaba á ser

En las regiones supremas

Del fuego rayo de pluma,

Ó desasido cometa.

Encarecí el vuelo altivo,

Diciendo: «Al fin eres reina

De las aves, y así, á todas

Es justo que las prefieras.»

Él no hubo menester más;

Que en tocando esta materia

De la majestad, discurre

Con ambicion y soberbia;

Porque en efecto la sangre

Le incita, mueve y alienta

Á cosas grandes, y dijo:

«¡Que en la república inquieta

De las aves tambien haya

Quien les jure la obediencia!

En llegando á este discurso

Mis desdichas me consuelan;

Pues, por lo ménos, si estoy

Sujeto, lo estoy por fuerza;

Porque voluntariamente

Á otro hombre no me rindiera.»

Viendole ya enfurecido

Con esto, que ha sido el tema

De su dolor, le brindé

Con la pócima, y apénas

Pasó desde el vaso al pecho

El licor, cuando las fuerzas

Rindió al sueño, discurriendo

Por los miembros y las venas

Un sudor frio, de modo

Que á no saber yo que era

Muerte fingida, dudara

De su vida. En esto llegan

Las gentes de quien tú fias

El valor desta experiencia,

Y poniéndole en un coche,

Hasta tu cuarto le llevan,

Donde prevenida estaba

La majestad y grandeza

Que es digna de su persona.

Allí en tu cama le acuestan,

Donde al tiempo que el letargo

Haya perdido la fuerza,

Como á tí mismo, señor,

Le sirvan, que así lo ordenas.

Y si haberte obedecido

Te obliga á que yo merezca

Galardon, sólo te pido

(Perdona mi inadvertencia)

Que me digas, ¿qué es tu intento,

Trayendo desta manera

Á Segismundo á palacio?

Basilio.

Clotaldo, muy justa es esa

Duda que tienes, y quiero

Sólo á tí satisfacerla.

Á Segismundo mi hijo

El influjo de su estrella

(Bien lo sabes) amenaza

Mil desdichas y tragedias:

Quiero examinar si el cielo,

Que no es posible que mienta,

Y más habiéndonos dado

De su rigor tantas muestras,

En su cruel condicion,

Ó se mitiga, ó se templa

Por lo ménos, y vencido

Con valor y con prudencia

Se desdice; porque el hombre

Predomina en las estrellas.

Esto quiero examinar,

Trayéndole donde sepa

Que es mi hijo, y donde haga

De su talento la prueba.

Si magnánimo la vence,

Reinará; pero si muestra

El ser cruel y tirano,

Le volveré á su cadena.

Ahora preguntarás,

Que para aquesta experiencia,

¿Qué importó haberle traido

Dormido desta manera?

Y quiero satisfacerte,

Dándote á todo respuesta.

Si él supiera que es mi hijo

Hoy, y mañana se viera

Segunda vez reducido

Á su prision y miseria,

Cierto es de su condicion

Que desesperara en ella;

Porque sabiendo quién es,

¿Qué consuelo habrá que tenga?

Y así he querido dejar

Abierta al daño la puerta

Del decir que fué soñado

Cuanto vió. Con esto llegan

A examinarse dos cosas:

Su condicion, la primera;

Pues él despierto procede

En cuanto imagina y piensa:

Y el consuelo la segunda;

Pues aunque ahora se vea

Obedecido, y despues

A sus prisiones se vuelva,

Podrá entender que soñó,

Y hará bien cuando lo entienda

Porque en el mundo, Clotaldo,

Todos los que viven sueñan.

Clotal.

Razones no me faltaran

Para probar que no aciertas;

Mas ya no tiene remedio;

Y segun dicen las señas,

Parece que ha despertado,

Y hácia nosotros se acerca.

Basilio.

Yo me quiero retirar:

Tú, como ayo suyo, llega,

Y de tantas confusiones

Como su discurso cercan,

Le saca con la verdad.

Clotal.

¿En fin, que me das licencia

Para que lo diga?

Basilio.

Sí;

Que podrá ser, con saberla,

Que conocido el peligro

Más fácilmente se venza. (Vase.)

ESCENA II.

CLARIN.—CLOTALDO.

Clarin.

(Ap.) Á costa de cuatro palos,

Que el llegar aquí me cuesta,

De un alabardero rubio

Que barbó de su librea,

Tengo de ver cuanto pasa;

Que no hay ventana más cierta,

Que aquella que, sin rogar

Á un ministro de boletas,

Un hombre se trae consigo;

Pues para todas las fiestas,

Despojado y despejado

Se asoma á su desvergüenza.

Clotal.

(Ap. Este es Clarin, el criado

De aquella (¡ay cielos!), de aquella

Que, tratante de desdichas,

Pasó á Polonia mi afrenta.)

Clarin, ¿qué hay de nuevo?

Clarin.

Hay,

Señor, que tu gran clemencia,

Dispuesta á vengar agravios

De Rosaura, la aconseja

Que tome su propio traje.

Clotal.

Y es bien, porque no parezca

Liviandad.

Clarin.

Hay que mudando

Su nombre, y tomando cuerda

Nombre de sobrina tuya,

Hoy tanto honor se acrecienta,

Que dama en palacio ya

De la singular Estrella

Vive.

Clotal.

Es bien que de una vez

Tome su honor por mi cuenta.

Clarin.

Hay que ella está esperando

Que ocasion y tiempo venga

En que vuelvas por su honor.

Clotal.

Prevencion segura es esa;

Que al fin el tiempo ha de ser

Quien haga esas diligencias.

Clarin.

Hay que ella está regalada,

Servida como una reina,

En fe de sobrina tuya.

Y hay que viniendo con ella,

Estoy yo muriendo de hambre

Y nadie de mí se acuerda,

Sin mirar que soy Clarin,

Y que si el tal Clarin suena,

Podrá decir cuanto pasa

Al Rey, á Astolfo y á Estrella;

Porque Clarin y criado

Son dos cosas que se llevan

Con el secreto muy mal;

Y podrá ser, si me deja

El silencio de su mano,

Se cante por mí esta letra:

Clarin que rompe el albor,

No suena mejor.

Clotal.

Tu queja está bien fundada;

Yo satisfaré tu queja,

Y en tanto sírveme á mí.

Clarin.

Pues ya Segismundo llega.

ESCENA III.

Músicos, cantando, y CRIADOS, dando de vestir á SEGISMUNDO, que sale como asombrado.—CLOTALDO, CLARIN.

Segism.

¡Válgame el cielo, qué veo!

¡Válgame el cielo, qué miro!

Con poco espanto lo admiro,

Con mucha duda lo creo.

¿Yo en palacios suntuosos?

¿Yo entre telas y brocados?

¿Yo cercado de criados

Tan lucidos y briosos?

¿Yo despertar de dormir

En lecho tan excelente?

¿Yo en medio de tanta gente

Que me sirva de vestir?

Decir que sueño es engaño:

Bien sé que despierto estoy.

¿Yo Segismundo no soy?

Dadme, cielos, desengaño.

Decidme, ¿qué pudo ser

Esto que á mi fantasía

Sucedió miéntras dormia,

Que aquí me he llegado á ver?

Pero sea lo que fuere,

¿Quién me mete en discurrir?

Dejarme quiero servir,

Y venga lo que viniere.

Criad. 1.º

(Ap. al Criado 2.º y á Clarin.)

¡Qué melancólico está!

Criad. 2.º

¿Pues á quién le sucediera

Esto, que no lo estuviera?

Clarin.

Á mí.

Criad. 2.º

Llega á hablarle ya.

Criad. 1.º

(A Segismundo.) ¿Volverán á cantar?

Segism.

No,

No quiero que canten más.

Criad. 2.º

Como tan suspenso estás.

Quise divertirte.

Segism.

Yo

No tengo de divertir

Con sus voces mis pesares;

Las músicas militares

Sólo he gustado de oir.

Clotal.

Vuestra Alteza, gran señor,

Me dé su mano á besar,

Que el primero os ha de dar

Esta obediencia mi honor.

Segism.

(Ap.) Clotaldo es: ¿pues como así,

Quien en prision me maltrata,

Con tal respeto me trata?

¿Qué es lo que pasa por mí?

Clotal.

Con la grande confusion

Que el nuevo estado te da,

Mil dudas padecerá

El discurso y la razon;

Pero ya librarte quiero

De todas (si puede ser),

Porque has, señor, de saber

Que eres príncipe heredero

De Polonia. Si has estado

Retirado y escondido,

Por obedecer ha sido

A la inclemencia del hado,

Que mil tragedias consiente

A este imperio, cuando en él

El soberano laurel

Corone tu augusta frente.

Mas fiando á tu atencion

Que vencerás las estrellas,

Porque es posible vencellas

Un magnánimo varon,

A palacio te han traido

De la torre en que vivias,

Miéntras al sueño tenías

El espíritu rendido.

Tu padre, el Rey mi señor,

Vendrá á verte, y dél sabrás,

Segismundo, lo demas.

Segism.

Pues vil, infame, traidor,

¿Qué tengo más que saber,

Despues de saber quien soy,

Para mostrar desde hoy

Mi soberbia y mi poder?

¿Cómo á tu patria le has hecho

Tal traicion, que me ocultaste

Á mí, pues que me negaste,

Contra razon y derecho,

Este estado?

Clotal.

¡Ay de mí triste!

Segism.

Traidor fuiste con la ley,

Lisonjero con el Rey,

Y cruel conmigo fuiste;

Y así el Rey, la ley y yo,

Entre desdichas tan fieras,

Te condenan á que mueras

Á mis manos.

Criad. 2.º

Señor...

Segism.

No

Me estorbe nadie, que es vana

Diligencia: ¡y vive Dios!

Si os poneis delante vos,

Que os eche por la ventana.

Criad. 2.º

Huye, Clotaldo.

Clotal.

¡Ay de tí,

Qué soberbia vas mostrando,

Sin saber que estás soñando! (Vase.)

Criad. 2.º

Advierte...

Segism.

Aparta de aquí.

Criad. 2.º

Que á su Rey obedeció.

Segism.

En lo que no es justa ley

No ha de obedecer al Rey,

Y su príncipe era yo.

Criad. 2.º

Él no debió examinar

Si era bien hecho ó mal hecho.

Segism.

Que estais mal con vos sospecho,

Pues me dais que replicar.

Clarin.

Dice el Príncipe muy bien,

Y vos hicisteis muy mal.

Criad. 2.º

¿Quién os dió licencia igual?

Clarin.

Yo me la he tomado.

Segism.

¿Quién

Eres tú, dí?

Clarin.

Entremetido,

Y deste oficio soy jefe,

Porque soy el mequetrefe

Mayor que se ha conocido.

Segism.

Tú sólo en tan nuevos mundos

Me has agradado.

Clarin.

Señor,

Soy un grande agradador

De todos los Segismundos.

ESCENA IV.

ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLARIN, criados, músicos.

Astolfo.

¡Feliz mil veces el dia,

Oh Príncipe, que os mostrais,

Sol de Polonia, y llenais

De resplandor y alegría

Todos esos horizontes

Con tan divino arrebol;

Pues que salís como el sol

De los senos de los montes!

Salid, pues, y aunque tan tarde

Se corona vuestra frente

Del laurel resplandeciente,

Tarde muera.

Segism.

Dios os guarde.

Astolfo.

El no haberme conocido

Sólo por disculpa os doy

De no honrarme más. Yo soy

Astolfo, duque he nacido

De Moscovia, y primo vuestro:

Haya igualdad en los dos.

Segism.

Si digo que os guarde Dios,

¿Bastante agrado no os muestro?

Pero ya que haciendo alarde

De quien sois, desto os quejais,

Otra vez que me veais

Le diré á Dios que no os guarde.

Criad. 2.º

(A Astolfo.) Vuestra Alteza considere

Que como en montes nacido

Con todos ha procedido.

(A Segismundo.) Astolfo, señor, prefiere...

Segism.

Cansóme como llegó

Grave á hablarme, y lo primero

Que hizo, se puso el sombrero.

Criad. 2.º

Es grande.

Segism.

Mayor soy yo.

Criad. 2.º

Con todo eso, entre los dos

Que haya más respeto es bien

Que entre los demas.

Segism.

¿Y quién

Os mete conmigo á vos?

ESCENA V.

ESTRELLA.—Dichos.

Estrel.

Vuestra Alteza, señor, sea

Muchas veces bien venido

Al dosel que agradecido

Le recibe y le desea,

Adonde, á pesar de engaños,

Viva augusto y eminente,

Donde su vida se cuente

Por siglos, y no por años.

Segism.

(A Clarin.) Díme tú ahora, ¿quién es

Esta beldad soberana?

¿Quién es esta diosa humana,

A cuyos divinos piés

Postra el cielo su arrebol?

¿Quién es esta mujer bella?

Clarin.

Es, señor, tu prima Estrella.

Segism.

Mejor dijeras el sol.

Aunque el parabien es bien (A Estrella.)

Darme del bien que conquisto,

De sólo haberos hoy visto

Os admito el parabien:

Y así, de llegarme á ver

Con el bien que no merezco,

El parabien agradezco,

Estrella, que amanecer

Podeis, y dar alegría

Al más luciente farol.

¿Qué dejais que hacer al sol,

Si os levantais con el dia?

Dadme á besar vuestra mano,

En cuya copa de nieve

El aura candores bebe.

Estrel.

Sed más galan cortesano.

Astolfo.

(Ap.) Soy perdido.

Criad. 2.º

(Ap. El pesar sé

De Astolfo, y le estorbaré.)

Advierte, señor, que no

Es justo atreverse así,

Y estando Astolfo...

Segism.

¿No digo

Que vos no os metais conmigo?

Criad. 2.º

Digo lo que es justo.

Segism.

Á mí

Todo eso me causa enfado.

Nada me parece justo

En siendo contra mi gusto.

Criad. 2.º

Pues yo, señor, he escuchado

De tí que en lo justo es bien

Obedecer y servir.

Segism.

Tambien oiste decir

Que por un balcon, á quien

Me canse, sabré arrojar.

Criad. 2.º

Con los hombres como yo

No puede hacerse eso.

Segism.

¿No?

¡Por Dios! que lo he de probar.

(Cógele en los brazos y éntrase, y todos tras él, volviendo á salir inmediatamente.)

Astolfo.

¿Qué es esto que llego á ver?

Estrel.

Idle todos á estorbar. (Vase.)

Segism.

(Volviendo.) Cayó del balcon al mar:

¡Vive Dios! que pudo ser[3].

Astolfo.

Pues medid con más espacio

Vuestras acciones severas,

Que lo que hay de hombres á fieras,

Hay desde un monte á palacio.

Segism.

Pues en dando tan severo

En hablar con entereza,

Quizá no hallaréis cabeza

En que se os tenga el sombrero.

(Vase Astolfo.)

ESCENA VI.

BASILIO.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS.

Basilio.

¿Qué ha sido esto?

Segism.

Nada ha sido.

Á un hombre, que me ha cansado,

Deste balcon he arrojado.

Clarin.

(A Segism.) Que es el Rey está advertido.

Basilio.

¿Tan presto una vida cuesta

Tu venida al primer dia?

Segism.

Díjome que no podia

Hacerse, y gané la apuesta.

Basilio.

Pésame mucho que cuando,

Príncipe, á verte he venido,

Pensado hallarte advertido,

De hados y estrellas triunfando,

Con tanto rigor te vea,

Y que la primera accion

Que has hecho en esta ocasion,

Un grave homicidio sea.

¿Con qué amor llegar podré

A darte ahora mis brazos,

Si de sus soberbios lazos,

Que están enseñados sé

A dar muerte? ¿Quién llegó

A ver desnudo el puñal

Que dió una herida mortal,

Que no temiese? ¿Quién vió

Sangriento el lugar, adonde

A otro hombre le dieron muerte,

Que no sienta? que el más fuerte

A su natural responde.

Yo así, que en tus brazos miro

Desta muerte el instrumento,

Y miro el lugar sangriento,

De tus brazos me retiro;

Y aunque en amorosos lazos

Ceñir tu cuello pensé,

Sin ellos me volveré,

Que tengo miedo á tus brazos.

Segism.

Sin ellos me podré estar

Como me he estado hasta aquí;

Que un padre que contra mí

Tanto rigor sabe usar,

Que su condicion ingrata

De su lado me desvía,

Como á una fiera me cria,

Y como á un monstruo me trata

Y mi muerte solicita,

De poca importancia fué

Que los brazos no me dé,

Cuando el sér de hombre me quita.

Basilio.

Al cielo y á Dios pluguiera

Que á dártele no llegara;

Pues ni tu voz escuchara,

Ni tu atrevimiento viera.

Segism.

Si no me le hubieras dado,

No me quejara de tí;

Pero una vez dado, sí,

Por habérmele quitado;

Pues aunque el dar la accion es

Más noble y más singular,

Es mayor bajeza el dar,

Para quitarlo despues.

Basilio.

¡Bien me agradeces el verte,

De un humilde y pobre preso,

Príncipe ya!

Segism.

Pues en eso

¿Qué tengo que agradecerte?

Tirano de mi albedrío,

Si viejo y caduco estás,

¿Muriéndote, qué me das?

¿Dasme más de lo que es mio?

Mi padre eres y mi rey;

Luego toda esta grandeza

Me da la naturaleza

Por derecho de su ley.

Luego aunque esté en tal estado,

Obligado no te quedo,

Y pedirte cuentas puedo

Del tiempo que me has quitado

Libertad, vida y honor;

Y así, agradéceme á mí

Que yo no cobre de tí,

Pues eres tú mi deudor.

Basilio.

Bárbaro eres y atrevido:

Cumplió su palabra el cielo;

Y así, para él mismo apelo,

Soberbio y desvanecido.

Y aunque sepas ya quién eres,

Y desengañado estés,

Y aunque en un lugar te ves

Donde á todos te prefieres,

Mira bien lo que te advierto,

Que seas humilde y blando,

Porque quizá estás soñando,

Aunque ves que estás despierto. (Vase.)

Segism.

¿Que quizás soñando estoy,

Aunque despierto me veo?

No sueño, pues toco y creo

Lo que he sido y lo que soy.

Y aunque ahora te arrepientas,

Poco remedio tendrás;

Sé quien soy, y no podrás,

Aunque suspires y sientas.

Quitarme el haber nacido

Desta corona heredero;

Y si me viste primero

A las prisiones rendido,

Fué porque ignoré quién era,

Pero ya informado estoy

De quien soy, y sé que soy

Un compuesto de hombre y fiera.

ESCENA VII.

ROSAURA, en traje de mujer.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS.

Rosaura.

(Ap.) Siguiendo á Estrella vengo,

Y gran temor de hallar á Astolfo tengo;

Que Clotaldo desea

Que no sepa quién soy, y no me vea,

Porque dice que importa al honor mio:

Y de Clotaldo fío

Su efecto, pues le debo agradecida

Aquí el amparo de mi honor y vida.

Clarin.

(A Segism.) ¿Qué es lo que te ha agradado

Más de cuanto aquí has visto y admirado?

Segism.

Nada me ha suspendido;

Que todo lo tenía prevenido;

Mas si admirarme hubiera

Algo en el mundo, la hermosura fuera

De la mujer. Leia

Una vez yo en los libros que tenía,

Que lo que á Dios mayor estudio debe,

Era el hombre, por ser un mundo breve;

Mas ya que lo es recelo

La mujer, pues ha sido un breve cielo;

Y más beldad encierra

Que el hombre, cuanto va de cielo á tierra;.

Y más si es la que miro.

Rosaura.

(Ap.) El Príncipe está aquí; yo me retiro.

Segism.

Oye, mujer, detente;

No juntes el ocaso y el oriente,

Huyendo al primer paso;

Que juntos el oriente y el ocaso,

La luz y sombra fria,

Serás sin duda síncopa del dia.

¿Pero qué es lo que veo?

Rosaura.

Lo mismo que estoy viendo dudo y creo.

Segism.

(Ap.) Yo he visto esta belleza

Otra vez.

Rosaura.

(Ap.) Yo esta pompa, esta grandeza

He visto reducida

A una estrecha prision.

Segism.

(Ap. Ya hallé mi vida.)

Mujer, que aqueste nombre

Es el mejor requiebro para el hombre,

¿Quién eres? que sin verte

Adoracion me debes, y de suerte

Por la fe te conquisto,

Que me persuado á que otra vez te he visto.

¿Quién eres, mujer bella?

Rosaura.

Disimular me importa. Soy de Estrella

Una infelice dama.

Segism.

No digas tal; dí el sol, á cuya llama

Aquella estrella vive,

Pues de tus rayos resplandor recibe;

Yo ví en reino de olores

Que presidia entre escuadron de flores

La deidad de la rosa,

Y era su emperatriz por más hermosa;

Yo ví entre piedras finas

De la docta academia de sus minas

Preferir el diamante,

Y ser su emperador por más brillante;

Yo en esas córtes bellas

De la inquieta república de estrellas,

Ví en el lugar primero

Por rey de las estrellas al lucero;

Yo en esferas perfetas,

Llamando el sol á córtes los planetas,

Le ví que presidia,

Como mayor oráculo del dia.

Pues ¿cómo si entre flores, entre estrellas,

Piedras, signos, planetas, las más bellas

Prefieren, tú has servido

La de ménos beldad, habiendo sido

Por más bella y hermosa,

Sol, lucero, diamante, estrella y rosa?

ESCENA VIII.

CLOTALDO, que se queda al paño.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN, CRIADOS.

Clotal.

(Ap.) A Segismundo reducir deseo,

Porque en fin le he criado: mas ¡qué veo!

Rosaura.

Tu favor reverencio:

Respóndate retórico el silencio:

Cuando tan torpe la razon se halla,

Mejor habla, señor, quien mejor calla.

Segism.

No has de ausentarte, espera.

¿Cómo quieres dejar de esa manera

A obscuras mi sentido?

Rosaura.

Esta licencia á vuestra Alteza pido.

Segism.

Irte con tal violencia

No es pedirla, es tomarte la licencia.

Rosaura.

Pues si tú no la das, tomarla espero.

Segism.

Harás que de cortés pase á grosero,

Porque la resistencia

Es veneno cruel de mi paciencia.

Rosaura.

Pues cuando ese veneno,

De furia, de rigor y saña lleno,

La paciencia venciera,

Mi respeto no osara, ni pudiera.

Segism.

Sólo por ver si puedo,

Harás que pierda á tu hermosura el miedo,

Que soy muy inclinado

A vencer lo imposible: hoy he arrojado

De ese balcon á un hombre, que decia

Que hacerse no podia;

Y así por ver si puedo, cosa es llana

Que arrojaré tu honor por la ventana.

Clotal.

(Ap.) Mucho se va empeñando.

¿Qué he de hacer, cielos, cuando

Tras un loco deseo

Mi honor segunda vez á riesgo veo?

Rosaura.

No en vano prevenía

A este reino infeliz tu tiranía

Escándalos tan fuertes

De delitos, traiciones, iras, muertes.

Mas ¿qué ha de hacer un hombre,

Que no tiene de humano más que el nombre,

Atrevido, inhumano,

Cruel, soberbio, bárbaro y tirano,

Nacido entre las fieras?

Segism.

Porque tú ese baldon no me dijeras,

Tan cortés me mostraba,

Pensando que con esto te obligaba;

Mas si lo soy hablando deste modo,

Has de decirlo, vive Dios, por todo.—

Hola, dejadnos solos, y esa puerta

Se cierre, y no entre nadie.

(Vanse Clarin y los criados.)

Rosaura.

Yo soy muerta.—

Advierte...

Segism.

Soy tirano,

Y ya pretendes reducirme en vano.

Clotal.

(Ap.) ¡Oh qué lance tan fuerte!

Saldré á estorbarlo, aunque me dé la muerte.

Señor, atiende, mira. (Llega.)

Segism.

Segunda vez me has provocado á ira,

Viejo caduco y loco.

¿Mi enojo y mi rigor tienes en poco?

¿Cómo hasta aquí has llegado?

Clotal.

De los acentos desta voz llamado,

A decirte que seas

Más apacible, si reinar deseas;

Y no por verte ya de todos dueño,

Seas cruel, porque quizá es un sueño.

Segism.

A rabia me provocas,

Cuando la luz del desengaño tocas.

Veré, dándote la muerte,

Si es sueño ó si es verdad.

(Al ir á sacar la daga se la detiene Clotaldo, y se pone de rodillas.)

Clotal.

Yo desta suerte

Librar mi vida espero.

Segism.

Quita la osada mano del acero.

Clotal.

Hasta que gente venga,

Que tu rigor y cólera detenga,

No he de soltarte.

Rosaura.

¡Ay cielo!

Segism.

Suelta, digo,

Caduco, loco, bárbaro, enemigo,

Ó será desta suerte, (Luchan.)

Dándote ahora entre mis brazos muerte.

Rosaura.

Acudid todos presto,

Que matan á Clotaldo. (Vase.)

(Sale Astolfo á tiempo que cae Clotaldo á sus piés, y él se pone en medio.)

ESCENA IX.

ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLOTALDO.

Astolfo.

¿Pues qué es esto,

Príncipe generoso?

¿Así se mancha acero tan brioso

En una sangre helada?

Vuelva á la vaina tan lucida espada.

Segism.

En viéndola teñida

En esa infame sangre.

Astolfo.

Ya su vida

Tomó á mis piés sagrado,

Y de algo ha de servirle haber llegado.

Segism.

Sírvate de morir; pues desta suerte

Tambien sabré vengarme con tu muerte

De aquel pasado enojo.

Astolfo.

Yo defiendo

Mi vida; así la majestad no ofendo.

(Saca Astolfo la espada, y riñen.)

Clotal.

No le ofendas, señor.

ESCENA X.

BASILIO, ESTRELLA Y ACOMPAÑAMIENTO.—SEGISMUNDO, ASTOLFO, CLOTALDO.

Basilio.

¿Pues aquí espadas?

Estrel.

(Ap.) ¡Astolfo es, ay de mí, penas airadas!

Basilio.

¿Pues qué es lo que ha pasado?

Astolfo.

Nada, señor, habiendo tú llegado. (Envainan.)

Segism.

Mucho, señor, aunque hayas tú venido:

Yo á ese viejo matar he pretendido.

Basilio.

¿Respeto no tenías

A estas canas?

Clotal.

Señor, ved que son mias:

Que no importa veréis.

Segism.

Acciones vanas,

Querer que tenga yo respeto á canas;

Pues áun esas podria (Al Rey.)

Ser que viese á mis plantas algun dia,

Porque áun no estoy vengado

Del modo injusto con que me has criado.

(Vase.)

Basilio.

Pues ántes que lo veas,

Volverás á dormir adonde creas

Que cuanto te ha pasado,

Como fué bien del mundo, fué soñado.

(Vanse el Rey, Clotaldo y el acompañamiento.)

ESCENA XI.

ESTRELLA, ASTOLFO.

Astolfo.

¡Qué pocas veces el hado,

Que dice desdichas, miente,

Pues es tan cierto en los males,

Cuanto dudoso en los bienes!

¡Qué buen astrólogo fuera,

Si siempre casos crueles

Anunciara; pues no hay duda

Que ellos fueran verdad siempre!

Conocerse esta experiencia

En mí y Segismundo puede,

Estrella, pues en los dos

Hace muestras diferentes.

En él previno rigores,

Soberbias, desdichas, muertes,

Y en todo dijo verdad,

Porque todo, al fin, sucede;

Pero en mí, que al ver, señora,

Esos rayos excelentes,

De quien el sol fué una sombra

Y el cielo un amago breve,

Que me previno venturas,

Trofeos, aplausos, bienes,

Dijo mal, y dijo bien;

Pues sólo es justo que acierte

Cuando amaga con favores

Y ejecuta con desdenes.

Estrel.

No dudo que esas finezas

Son verdades evidentes;

Mas serán por otra dama,

Cuyo retrato pendiente

Al cuello tragisteis cuando

Llegasteis, Astolfo, á verme;

Y siendo así, esos requiebros

Ella sola los merece.

Acudid á que ella os pague,

Que no son buenos papeles

En el consejo de amor

Las finezas ni las fees

Que se hicieron en servicio

De otras damas y otros reyes.

ESCENA XII.

ROSAURA, que se queda al paño.—ESTRELLA, ASTOLFO.

Rosaura.

(Ap.) ¡Gracias á Dios que llegaron

Ya mis desdichas crueles

Al término suyo, pues

Quien esto ve nada teme!

Astolfo.

Yo haré que el retrato salga

Del pecho, para que éntre

La imágen de tu hermosura.

Donde entra Estrella no tiene

Lugar la sombra, ni estrella

Donde el sol; voy á traerle.—

(Ap. Perdona, Rosaura hermosa,

Este agravio, porque ausentes,

No se guardan más fe que esta

Los hombres y las mujeres.) (Vase.)

(Adelántase Rosaura.)

Rosaura.

(Ap.) Nada he podido escuchar,

Temerosa que me viese.

Estrel.

¡Astrea!

Rosaura.

Señora mia.

Estrel.

Heme holgado que tú fueses

La que llegaste hasta aquí;

Porque de tí solamente

Fiara un secreto.

Rosaura.

Honras,

Señora, á quien te obedece.

Estrel.

En el poco tiempo, Astrea,

Que ha que te conozco, tienes

De mi voluntad las llaves;

Por esto, y por ser quien eres,

Me atrevo á fiar de tí

Lo que áun de mí muchas veces

Recaté.

Rosaura.

Tu esclava soy.

Estrel.

Pues para decirlo en breve,

Mi primo Astolfo (bastara

Que mi primo te dijese,

Porque hay cosas que se dicen

Con pensarlas solamente),

Ha de casarse conmigo,

Si es que la fortuna quiere

Que con una dicha sola

Tantas desdichas descuente.

Pesóme que el primer dia

Echado al cuello trajese

El retrato de una dama:

Habléle en él[4] cortésmente,

Es galan, y quiere bien,

Fué por él, y ha de traerle

Aquí; embarázame mucho

Que él á mí á dármele llegue:

Quédate aquí, y cuando venga,

Le dirás que te le entregue

Á tí. No te digo más;

Discreta y hermosa eres:

Bien sabrás lo que es amor. (Vase.)

ESCENA XIII.

ROSAURA.

¡Ojalá no lo supiese!

¡Válgame el cielo! ¿quién fuera

Tan atenta y tan prudente,

Que supiera aconsejarse

Hoy en ocasion tan fuerte?

¿Habrá persona en el mundo

Á quien el cielo inclemente

Con más desdichas combata

Y con más pesares cerque?

¿Qué haré en tantas confusiones,

Donde imposible parece

Que halle razon que me alivie,

Ni alivio que me consuele?

Desde la primer desdicha,

No hay suceso ni accidente

Que otra desdicha no sea;

Que unas á otras suceden,

Herederas de sí mismas.

Á la imitacion del Fénix,

Unas de las otras nacen,

Viviendo de lo que mueren,

Y siempre de sus cenizas

Está el sepulcro caliente.

Que eran cobardes, decia

Un sabio, por parecerle

Que nunca andaba una sola;

Yo digo que son valientes,

Pues siempre van adelante,

Y nunca la espalda vuelven:

Quien las llevare consigo,

Á todo podrá atreverse,

Pues en ninguna ocasion

No haya miedo que le dejen.

Dígalo yo, pues en tantas

Como á mi vida suceden,

Nunca me he hallado sin ellas,

Ni se han cansado hasta verme,

Herida de la fortuna,

En los brazos de la muerte.

¡Ay de mí! ¿qué debo hacer

Hoy en la ocasion presente?

Si digo quien soy, Clotaldo,

Á quien mi vida le debe

Este amparo y este honor,

Conmigo ofenderse puede;

Pues me dice que callando

Honor y remedio espere.

Si no he de decir quien soy

Á Astolfo, y él llega á verme,

¿Cómo he de disimular?

Pues aunque fingirlo intenten

La voz, la lengua y los ojos,

Les dirá el alma que mienten.

¿Qué haré? ¿Mas para qué estudio

Lo que haré, si es evidente

Que por más que lo prevenga,

Que lo estudie y que lo piense,

En llegando la ocasion

Ha de hacer lo que quisiere

El dolor? porque ninguno

Imperio en sus penas tiene.

Y pues á determinar

Lo que ha de hacer no se atreve

El alma, llegue el dolor

Hoy á su término, llegue

La pena á su extremo, y salga

De dudas y pareceres

De una vez; pero hasta entónces

Valedme, cielos, valedme.

ESCENA XIV.

ASTOLFO, que trae el retrato.—ROSAURA.

Astolfo.

Este es, señora, el retrato;

Mas ¡ay Dios!

Rosaura.

¿Qué se suspende

Vuestra Alteza? ¿qué se admira?

Astolfo.

De oirte, Rosaura, y verte.

Rosaura.

¿Yo Rosaura? Hase engañado

Vuestra Alteza, si me tiene

Por otra dama; que yo

Soy Astrea, y no merece

Mi humildad tan grande dicha

Que esa turbacion le cueste.

Astolfo.

Basta, Rosaura, el engaño,

Porque el alma nunca miente,

Y aunque como á Astrea te mire,

Como á Rosaura te quiere.

Rosaura.

No he entendido á vuestra Alteza,

Y así no sé responderle:

Sólo lo que yo diré

Es que Estrella (que lo puede

Ser de Vénus) me mandó

Que en esta parte le espere,

Y de la suya le diga

Que aquel retrato me entregue,

Que está muy puesto en razon,

Y yo misma se lo lleve.

Estrella lo quiere así,

Porque áun las cosas más leves

Como sean en mi daño,

Es Estrella quien las quiere.

Astolfo.

Aunque más esfuerzos hagas,

¡Oh qué mal, Rosaura, puedes

Disimular! Dí á los ojos

Que su música concierten

Con la voz; porque es forzoso

Que desdiga y que disuene

Tan destemplado instrumento,

Que ajustar y medir quiere

La falsedad de quien dice,

Con la verdad de quien siente.

Rosaura.

Ya digo que sólo espero

El retrato.

Astolfo.

Pues que quieres

Llevar al fin el engaño,

Con él quiero responderte.

Dirásle, Astrea, á la Infanta,

Que yo la estimo de suerte

Que, pidiéndome un retrato,

Poca fineza parece

Enviársele, y así,

Porque le estime y le precie

Le envío el original;

Y tú llevársele puedes,

Pues ya le llevas contigo,

Como á tí misma te lleves.

Rosaura.

Cuando un hombre se dispone,

Restado, altivo y valiente,

Á salir con una empresa,

Aunque por trato le entreguen

Lo que valga más, sin ella

Necio y desairado vuelve.

Yo vengo por un retrato,

Y aunque un original lleve

Que vale más, volveré

Desairada: y así, déme

Vuestra Alteza ese retrato,

Que sin él no he de volverme.

Astolfo.

¿Pues cómo, si no he darle,

Le has de llevar?

Rosaura.

Desta suerte.

Suéltale, ingrato. (Trata de quitársele.)

Astolfo.

Es en vano.

Rosaura.

¡Vive Dios, que no ha de verse

En manos de otra mujer!

Astolfo.

Terrible estás.

Rosaura.

Y tú aleve.

Astolfo.

Ya basta, Rosaura mia.

Rosaura.

¿Yo tuya? Villano, mientes.

(Están asidos ambos del retrato.)

ESCENA XV.

ESTRELLA.—ROSAURA, ASTOLFO.

Estrel.

Astrea, Astolfo, ¿qué es esto?

Astolfo.

(Ap.) Aquesta es Estrella.

Rosaura.

(Ap. Déme

Para cobrar mi retrato,

Ingenio el amor.) Si quieres (A Estrella.)

Saber lo que es, yo, señora,

Te lo diré.

Astolfo.

(Ap. á Rosaura.) ¿Qué pretendes?

Rosaura.

Mandásteme que esperase

Aquí á Astolfo, y le pidiese

Un retrato de tu parte.

Quedé sola, y como vienen

De unos discursos á otros

Las noticias fácilmente,

Viéndote hablar de retratos,

Con su memoria acordéme

De que tenía uno mio

En la manga. Quise verle,

Porque una persona sola

Con locuras se divierte;

Cayóseme de la mano

Al suelo: Astolfo, que viene

Á entregarte el de otra dama,

Le levantó, y tan rebelde

Está en dar el que le pides,

Que en vez de dar uno, quiere

Llevar otro; pues el mio

Aun no es posible volverme,

Con ruegos y persuasiones:

Colérica é impaciente

Yo, se le quise quitar.

Aquel que en la mano tiene,

Es mio, tú lo verás

Con ver si se me parece.

Estrel.

Soltad, Astolfo, el retrato.

(Quítasele de la mano.)

Astolfo.

Señora...

Estrel.

No son crueles

Á la verdad los matices.

Rosaura.

¿No es mio?

Estrel.

¿Qué duda tiene?

Rosaura.

Ahora dí que te dé el otro.

Estrel.

Toma tu retrato, y véte.

Rosaura.

(Ap.) Yo he cobrado mi retrato,

Venga ahora lo que viniere. (Vase.)

ESCENA XVI.

ESTRELLA, ASTOLFO.

Estrel.

Dadme ahora el retrato vos

Que os pedí; que aunque no piense

Veros ni hablaros jamás,

No quiero, no, que se quede

En vuestro poder, siquiera

Porque yo tan neciamente

Le he pedido.

Astolfo.

(Ap. ¿Cómo puedo

Salir de lance tan fuerte?)

Aunque quiera, hermosa Estrella,

Servirte y obedecerte,

No podré darte el retrato

Que me pides, porque...

Estrel.

Eres

Villano y grosero amante.

No quiero que me le entregues;

Porque yo tampoco quiero,

Con tomarle, que me acuerdes

Que te le he pedido yo. (Vase.)

Astolfo.

Oye, escucha, mira, advierte.—

¡Válgate Dios por Rosaura!

¿Dónde, cómo ó de qué suerte

Hoy á Polonia has venido

Á perderme y á perderte? (Vase.)


Prision del Príncipe en la torre.

ESCENA XVII.

SEGISMUNDO, como al principio, con pieles y cadena, echado en el suelo; CLOTALDO, DOS CRIADOS y CLARIN.

Clotal.

Aquí le habeis de dejar,

Pues hoy su soberbia acaba

Donde empezó.

Un criado.

Como estaba,

La cadena vuelvo á atar.

Clarin.

No acabes de dispertar,

Segismundo, para verte

Perder, trocada la suerte,

Siendo tu gloria fingida,

Una sombra de la vida

Y una llama de la muerte.

Clotal.

Á quien sabe discurrir

Así, es bien que se prevenga

Una estancia, donde tenga

Harto lugar de argüir.—

Este es al que habeis de asir, (A los criados.)

Y en este cuarto encerrar.

(Señalando la pieza inmediata.)

Clarin.

¿Por qué á mí?

Clotal.

Porque ha de estar

Guardado en prision tan grave,

Clarin que secretos sabe,

Donde no pueda sonar.

Clarin.

¿Yo, por dicha, solicito

Dar muerte á mi padre? No.

¿Arrojé del balcon yo

Al Icaro de poquito?

¿Yo sueño ó duermo? ¿Á qué fin

Me encierran?

Clotal.

Eres Clarin.

Clarin.

Pues ya digo que seré

Corneta, y que callaré,

Que es instrumento ruin.

(Llévanle, y queda solo Clotaldo.)

ESCENA XVIII.

BASILIO, rebozado.—CLOTALDO, SEGISMUNDO, adormecido.

Basilio.

Clotaldo.

Clotal.

¡Señor! ¿así

Viene vuestra Majestad?

Basilio.

La necia curiosidad

De ver lo que pasa aquí

Á Segismundo (¡ay de mí!),

Deste modo me ha traido.

Clotal.

Mírale allí reducido

Á su miserable estado.

Basilio.

¡Ay Príncipe desdichado

Y en triste punto nacido!

Llega á dispertarle, ya

Que fuerza y vigor perdió

Con el opio que bebió.

Clotal.

Inquieto, señor, está,

Y hablando.

Basilio.

¿Qué soñará

Ahora? Escuchemos, pues.

Segism.

(Entre sueños.) Piadoso príncipe es

El que castiga tiranos:

Clotaldo muera á mis manos.

Mi padre bese mis piés.

Clotal.

Con la muerte me amenaza.

Basilio.

Á mí con rigor y afrenta.

Clotal.

Quitarme la vida intenta.

Basilio.

Rendirme á sus plantas traza.

Segism.

(Entre sueños.) Salga á la anchurosa plaza

Del gran teatro del mundo

Este valor sin segundo:

Porque mi venganza cuadre

Vean triunfar de su padre

Al príncipe Segismundo. (Despierta.)

Mas ¡ay de mí! ¿dónde estoy?

Basilio.

Pues á mí no me ha de ver: (Á Clotaldo.)

Ya sabes lo que has de hacer.

Desde allí á escucharle voy. (Retírase.)

Segism.

¿Soy yo por ventura? ¿soy

El que preso y aherrojado

Llego á verme en tal estado?

¿No sois mi sepulcro vos,

Torre? Sí. ¡Válgame Dios,

Qué de cosas he soñado!

Clotal.

(Ap.) Á mí me toca llegar

Á hacer la deshecha ahora.—

¿Es ya de dispertar hora?

Segism.

Sí, hora es ya de dispertar.

Clotal.

¿Todo el dia te has de estar

Durmiendo? ¿Desde que yo

Al águila que voló

Con tardo vuelo seguí,

Y te quedaste tú aquí,

Nunca has dispertado?

Segism.

No,

Ni áun agora he dispertado;

Que segun, Clotaldo, entiendo,

Todavía estoy durmiendo:

Y no estoy muy engañado;

Porque si ha sido soñado

Lo que ví palpable y cierto,

Lo que veo será incierto;

Y no es mucho que rendido,

Pues veo estando dormido,

Que sueñe estando despierto.

Clotal.

Lo que soñaste me dí.

Segism.

Supuesto que sueño fué,

No diré lo que soñé,

Lo que ví, Clotaldo, sí.

Yo disperté, yo me ví

(¡Qué crueldad tan lisonjera!)

En un lecho, que pudiera

Con matices y colores

Ser el catre de las flores

Que tejió la primavera.

Aquí mil nobles rendidos

Á mis piés nombre me dieron

De su príncipe, y sirvieron

Galas, joyas y vestidos.

La calma de mis sentidos

Tú trocaste en alegría,

Diciendo la dicha mia,

Que, aunque estoy desta manera,

Príncipe en Polonia era.

Clotal.

Buenas albricias tendria.

Segism.

No muy buenas: por traidor,

Con pecho atrevido y fuerte

Dos veces te daba muerte.

Clotal.

¿Para mí tanto rigor?

Segism.

De todos era señor,

Y de todos me vengaba;

Sólo á una mujer amaba...

Que fué verdad, creo yo,

En que todo se acabó,

Y esto solo no se acaba. (Vase el Rey.)

Clotal.

(Ap. Enternecido se ha ido

El Rey de haberle escuchado.)

Como habíamos hablado

De aquella águila, dormido,

Tu sueño imperios han sido;

Mas en sueños fuera bien

Honrar entónces á quien

Te crió en tantos empeños,

Segismundo, que áun en sueños

No se pierde el hacer bien. (Vase.)

ESCENA XIX.

SEGISMUNDO.

Es verdad; pues reprimamos

Esta fiera condicion,

Esta furia, esta ambicion,

Por si alguna vez soñamos:

Y sí haremos, pues estamos

En mundo tan singular,

Que el vivir sólo es soñar;

Y la experiencia me enseña

Que el hombre que vive, sueña

Lo que es, hasta dispertar.

Sueña el rey que es rey, y vive

Con este engaño mandando,

Disponiendo y gobernando;

Y este aplauso, que recibe

Prestado, en el viento escribe;

Y en cenizas le convierte

La muerte (¡desdicha fuerte!):

¿Que hay quien intente reinar,

Viendo que ha de dispertar

En el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,

Que más cuidados le ofrece;

Sueña el pobre que padece

Su miseria y su pobreza;

Sueña el que á medrar empieza,

Sueña el que afana y pretende,

Sueña el que agravia y ofende,

Y en el mundo, en conclusion,

Todos sueñan lo que son,

Aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

Destas prisiones cargado,

Y soñé que en otro estado

Mas lisonjero me ví.

¿Qué es la vida? Un frenesí:

¿Qué es la vida? Una ilusion,

Una sombra, una ficcion,

Y el mayor bien es pequeño;

Que toda la vida es sueño,

Y los sueños sueños son.


JORNADA TERCERA.


ESCENA PRIMERA.

CLARIN.

En una encantada torre,

Por lo que sé, vivo preso:

¿Qué me harán por lo que ignoro,

Si por lo que sé me han muerto?

¡Que un hombre con tanta hambre

Viniese á morir viviendo!

Lástima tengo de mí;

Todos dirán: «bien lo creo»;

Y bien se puede creer,

Pues para mí este silencio

No conforma con el nombre

Clarin, y callar no puedo.

Quien me hace compañía

Aquí, si á decirlo acierto,

Son arañas y ratones:

¡Miren qué dulces jilgueros!

De los sueños desta noche

La triste cabeza tengo

Llena de mil chirimías,

De trompetas y embelecos,

De procesiones, de cruces,

De disciplinantes; y estos

Unos suben, otros bajan,

Unos se desmayan viendo

La sangre que llevan otros:

Mas yo, la verdad diciendo,

De no comer me desmayo;

Que en una prision me veo,

Donde ya todos los dias

En el filósofo leo

Nicomédes, y las noches

En el concilio Niceno.

Si llaman santo al callar,

Como en calendario nuevo,

San secreto es para mí,

Pues le ayuno y no le huelgo;

Aunque está bien merecido

El castigo que padezco,

Pues callé, siendo criado,

Que es el mayor sacrilegio.

(Ruido de cajas y clarines, y voces dentro.)

ESCENA II.

Soldados.—CLARIN.

Sold. 1.º

(Dentro.) Esta es la torre en que está.

Echad la puerta en el suelo:

Entrad todos.

Clarin.

¡Vive Dios!

Que á mí me buscan, es cierto,

Pues que dicen que aquí estoy.

¿Qué me querrán?

Sold. 1.º

(Dentro.) Entrad dentro.

(Salen varios soldados.)

Solo. 2.º

Aquí está.

Clarin.

No está.

Soldados

(Todos.) Señor...

Clarin.

(Ap.) ¿Si vienen borrachos estos?

Sold. 1.º

Tú nuestro príncipe eres;

Ni admitimos ni queremos

Sino al señor natural,

Y no á príncipe extranjero.

Á todos nos da los piés.

Soldados

¡Viva el gran Príncipe nuestro!

Clarin.

(Ap.) Vive Dios, que va de véras.

¿Si es costumbre en este reino

Prender uno cada dia

Y hacerle príncipe, y luego

Volverle á la torre? Sí,

Pues cada dia lo veo:

Fuerza es hacer mi papel.

Soldados

Danos tus plantas.

Clarin.

No puedo,

Porque las he menester

Para mí, y fuera defecto

Ser príncipe desplantado.

Sold. 2.º

Todos á tu padre mesmo

Le dijimos que á tí sólo

Por príncipe conocemos,

No al de Moscovia.

Clarin.

¿Á mi padre

Le perdísteis el respeto?

Sois unos tales por cuales.

Sold. 1.º

Fué lealtad de nuestro pecho.

Clarin.

Si fué lealtad, yo os perdono.

Sold. 2.º

Sal á restaurar tu imperio.

¡Viva Segismundo!

Todos.

¡Viva!

Clarin.

(Ap.) ¿Segismundo dicen? Bueno:

Segismundos llaman todos

Los príncipes contrahechos.

ESCENA III.

SEGISMUNDO.—CLARIN, SOLDADOS.

Segism.

¿Quién nombra aquí á Segismundo?

Clarin.

(Ap.) ¡Mas que soy príncipe huero!

Sold. 1.º

¿Quién es Segismundo?

Segism.

Yo.

Sold. 2.º

(A Clarin.) ¿Pues cómo, atrevido y necio,

Tú te hacías Segismundo?

Clarin.

¿Yo Segismundo? Eso niego.

Vosotros fuísteis los que

Me segismundeasteis: luego

Vuestra ha sido solamente

Necedad y atrevimiento.

Sold. 1.º

Gran príncipe Segismundo

(Que las señas que traemos

Tuyas son, aunque por fe

Te aclamamos señor nuestro),

Tu padre el gran rey Basilio,

Temeroso que los cielos

Cumplan un hado, que dice

Que ha de verse á tus piés puesto,

Vencido de tí, pretende

Quitarte accion y derecho

Y dársele á Astolfo, duque

De Moscovia. Para esto

Juntó su corte, y el vulgo,

Penetrando ya y sabiendo

Que tiene rey natural,

No quiere que un extranjero

Venga á mandarle. Y así,

Haciendo noble desprecio

De la inclemencia del hado,

Te ha buscado donde preso

Vives, para que asistido

De sus armas, y saliendo

Desta torre á restaurar

Tu imperial corona y cetro,

Se la quites á un tirano.

Sal, pues; que en ese desierto,

Ejército numeroso

De bandidos y plebeyos

Te aclama: la libertad

Te espera; oye sus acentos.

Voces.

(Dentro.) ¡Viva Segismundo, viva!

Segism.

¿Otra vez (¡que es esto, cielos!)

Quereis que sueñe grandezas,

Que ha de deshacer el tiempo?

¿Otra vez quereis que vea

Entre sombras y bosquejos

La majestad y la pompa

Desvanecida del viento?

¿Otra vez quereis que toque

El desengaño, ó el riesgo

Á que el humano poder

Nace humilde y vive atento?

Pues no ha de ser, no ha de ser

Mirarme otra vez sujeto

A mi fortuna; y pues sé

Que toda esta vida es sueño,

Idos, sombras, que fingís

Hoy á mis sentidos muertos

Cuerpo y voz, siendo verdad

Que ni teneis voz ni cuerpo;

Que no quiero majestades

Fingidas, pompas no quiero

Fantásticas, ilusiones

Que al soplo ménos ligero

Del aura han de deshacerse,

Bien como el florido almendro,

Que por madrugar sus flores,

Sin aviso y sin consejo,

Al primer soplo se apagan,

Marchitando y desluciendo

De sus rosados capillos

Belleza, luz y ornamento.

Ya os conozco, ya os conozco,

Y sé que os pasa lo mesmo

Con cualquiera que se duerme;

Para mí no hay fingimientos;

Que, desengañado ya,

Sé bien que la vida es sueño.

Sold. 2.º

Si piensas que te engañamos,

Vuelve á esos montes soberbios

Los ojos, para que veas

La gente que aguarda en ellos

Para obedecerte.

Segism.

Ya

Otra vez ví aquesto mesmo

Tan clara y distintamente

Como ahora lo estoy viendo,

Y fué sueño.

Sold. 2.º

Cosas grandes

Siempre, gran señor, trajeron

Anuncios; y esto sería,

Si lo soñaste primero.

Segism.

Dices bien, anuncio fué;

Y caso que fuese cierto,

Pues que la vida es tan corta,

Soñemos, alma, soñemos

Otra vez; pero ha de ser

Con atencion y consejo

De que hemos de dispertar

Deste gusto al mejor tiempo;

Que llevándolo sabido,

Será el desengaño ménos;

Que es hacer burla del daño

Adelantarle el consejo.

Y con esta prevencion

De que cuando fuese cierto,

Es todo el poder prestado

Y ha de volverse á su dueño,

Atrevámonos á todo.—

Vasallos, yo os agradezco

La lealtad; en mí llevais

Quien os libre osado y diestro

De extranjera esclavitud.

Tocad al arma, que presto

Vereis mi inmenso valor.

Contra mi padre pretendo

Tomar armas, y sacar

Verdaderos á los cielos.

Presto he de verle á mis plantas...

(Ap. Mas si ántes desto despierto,

¿No será bien no decirlo,

Supuesto que no he de hacerlo?)

Todos.

¡Viva Segismundo, viva!

ESCENA IV.

CLOTALDO.—SEGISMUNDO, CLARIN, SOLDADOS.

Clotal.

¿Qué alboroto es este, cielos?

Segism.

Clotaldo.

Clotal.

Señor... (Ap. En mí

Su rigor prueba.)

Clarin.

(Ap.) Yo apuesto,

Que le despeña del monte. (Vase.)

Clotal.

Á tus reales plantas llego,

Ya sé que á morir.

Segism.

Levanta,

Levanta, padre, del suelo;

Que tú has de ser norte y guía

De quien fie mis aciertos;

Que ya sé que mi crianza

Á tu mucha lealtad debo.

Dame los brazos.

Clotal.

¿Qué dices?

Segism.

Que estoy soñando, y que quiero

Obrar bien, pues no se pierde

El hacer bien, áun en sueños.

Clotal.

Pues, señor, si el obrar bien

Es ya tu blason, es cierto

Que no te ofenda el que yo

Hoy solicite lo mesmo.

¡Á tu padre has de hacer guerra!

Yo aconsejarte no puedo

Contra mi rey, ni valerte.

Á tus plantas estoy puesto,

Dáme la muerte.

Segism.

¡Villano,

Traidor, ingrato! (Ap. Mas ¡cielos!

El reportarme conviene,

Que aún no sé si estoy despierto.)

Clotaldo, vuestro valor

Os envidio y agradezco.

Idos á servir al Rey,

Que en el campo nos veremos.—

Vosotros tocad al arma.

Clotal.

Mil veces tus plantas beso. (Vase.)

Segism.

A reinar, fortuna, vamos;

No me despiertes, si duermo,

Y si es verdad, no me aduermas.

Mas sea verdad ó sueño,

Obrar bien es lo que importa;

Si fuere verdad, por serlo;

Si no, por ganar amigos

Para cuando despertemos.

(Vanse, tocando cajas.)


Salon del Palacio Real.

ESCENA V.

BASILIO y ASTOLFO.

Basilio.

¿Quién, Astolfo, podrá parar prudente

La furia de un caballo desbocado?

¿Quién detener de un rio la corriente

Que corre al mar soberbio y despeñado?

¿Quién un peñasco suspender valiente

De la cima de un monte desgajado?

Pues todo fácil de parar se mira,

Mas que de un vulgo la soberbia ira.

Dígalo en bandos el rumor partido,

Pues se oye resonar en lo profundo

De los montes el eco repetido,

Unos ¡Astolfo! y otros ¡Segismundo!

El dosel de la jura, reducido

A segunda intencion, á horror segundo,

Teatro funesto es, donde importuna

Representa tragedias la fortuna.

Astolfo.

Señor, suspéndase hoy tanta alegría;

Cese el aplauso y gusto lisonjero,

Que tu mano feliz me prometia;

Que si Polonia (á quien mandar espero)

Hoy se resiste á la obediencia mia,

Es porque la merezca yo primero.

Dadme un caballo, y de arrogancia lleno,

Rayo descienda el que blasona trueno. (Vase.)

Basilio.

Poco reparo tiene lo infalible,

Y mucho riesgo lo previsto tiene:

Si ha de ser, la defensa es imposible,

Que quien la excusa más, más la previene.

¡Dura ley! ¡fuerte caso! ¡horror terrible!

Quien piensa huir el riesgo, al riesgo viene:

Con lo que yo guardaba me he perdido;

Yo mismo, yo mi patria he destruido.

ESCENA VI.

ESTRELLA.—BASILIO.

Estrel.

Si tu presencia, gran señor, no trata

De enfrenar el tumulto sucedido,

Que de uno en otro bando se dilata

Por las calles y plazas dividido,

Verás tu reino en ondas de escarlata

Nadar, entre la púrpura teñido

De su sangre, que ya con triste modo,

Todo es desdichas y tragedias todo.

Tanta es la ruina de tu imperio, tanta

La fuerza del rigor duro, sangriento,

Que visto admira, y escuchado espanta.

El sol se turba y se embaraza el viento;

Cada piedra un pirámide levanta,

Y cada flor construye un monumento,

Cada edificio es un sepulcro altivo,

Cada soldado un esqueleto vivo.

ESCENA VII.

CLOTALDO.—BASILIO, ESTRELLA.

Clotal.

¡Gracias á Dios que vivo á tus piés llego!

Basilio.

Clotaldo, ¿pues qué hay de Segismundo?

Clotal.

Que el vulgo, monstruo despeñado y ciego,

La torre penetró, y de lo profundo

Della sacó su príncipe, que luego

Que vió segunda vez su honor segundo,

Valiente se mostró, diciendo fiero,

Que ha de sacar al cielo verdadero.

Basilio.

Dadme un caballo, porque yo en persona

Vencer valiente un hijo ingrato quiero;

Y en la defensa ya de mi corona

Lo que la ciencia erró, venza el acero. (Vase.)

Estrel.

Pues yo al lado del Sol seré Belona:

Poner mi nombre junto al suyo espero;

Que he de volar sobre tendidas alas

Á competir con la deidad de Pálas.

(Vase, y tocan al arma.)

ESCENA VIII.

ROSAURA, que detiene á CLOTALDO.

Rosaura.

Aunque el valor que se encierra

En tu pecho, desde allí

Da voces, óyeme á mi,

Que yo sé que todo es guerra.

Bien sabes que yo llegué

Pobre, humilde y desdichada

A Polonia, y amparada

De tu valor, en tí hallé

Piedad; mandásteme (¡ay cielos!)

Que disfrazada viviese

En palacio, y pretendiese,

Disimulando mis celos,

Guardarme de Astolfo. En fin

El me vió, y tanto atropella

Mi honor, que viéndome, á Estrella

De noche habla en un jardin:

Deste la llave he tomado,

Y te podré dar lugar

De que en él puedas entrar

A dar fin á mi cuidado.

Así altivo, osado y fuerte,

Volver por mi honor podrás,

Pues que ya resuelto estás

A vengarme con su muerte.

Clotal.

Verdad es que me incliné,

Desde el punto que te ví,

A hacer, Rosaura, por tí

(Testigo tu llanto fué)

Cuanto mi vida pudiese.

Lo primero que intenté,

Quitarte aquel traje fué;

Porque, si acaso, te viese

Astolfo en tu propio traje,

Sin juzgar á liviandad

La loca temeridad

Que hace del honor ultraje.

En este tiempo trazaba

Cómo cobrar se pudiese

Tu honor perdido, aunque fuese

(Tanto tu honor me arrastraba)

Dando muerte á Astolfo. ¡Mira

Qué caduco desvarío!

Si bien, no siendo rey mio,

Ni me asombra, ni me admira.

Darle pensé muerte; cuando

Segismundo pretendió

Dármela á mí, y él llegó,

Su peligro atropellando,

A hacer en defensa mia

Muestras de su voluntad,

Que fueron temeridad,

Pasando de valentía.

¿Pues cómo yo ahora (advierte),

Teniendo alma agradecida,

A quien me ha dado la vida

Le tengo de dar la muerte?

Y así, entre los dos partido

El efecto y el cuidado,

Viendo que á tí te la he dado,

Y que dél la he recibido,

No sé á qué parte acudir:

No sé á qué parte ayudar,

Si á tí me obligué con dar,

Dél lo estoy con recibir;

Y así, en la accion que se ofrece,

Nada á mi amor satisface,

Porque soy persona que hace,

Y persona que padece.

Rosaura.

No tengo que prevenir

Que en un varon singular,

Cuanto es noble accion el dar,

Es bajeza el recibir.

Y este principio asentado,

No has de estarle agradecido,

Supuesto que si él ha sido

El que la vida te ha dado,

Y tú á mí, evidente cosa

Es, que él forzó tu nobleza

A que hiciese una bajeza,

Y yo una accion generosa.

Luego estás dél ofendido,

Luego estás de mí obligado,

Supuesto que á mí me has dado

Lo que dél has recibido;

Y así debes acudir

A mi honor en riesgo tanto,

Pues yo le prefiero, cuanto

Va de dar á recibir.

Clotal.

Aunque la nobleza vive

De la parte del que da,

El agradecerla está

De parte del que recibe.

Y pues ya dar he sabido,

Ya tengo con nombre honroso

El nombre de generoso:

Déjame el de agradecido;

Pues le puedo conseguir

Siendo agradecido, cuanto

Liberal, pues honra tanto

El dar como el recibir.

Rosaura.

De tí recibí la vida,

Y tú mismo me dijiste,

Cuando la vida me diste,

Que la que estaba ofendida

No era vida: luego yo

Nada de tí he recibido;

Pues vida no vida ha sido

La que tu mano me dió.

Y si debes ser primero

Liberal que agradecido

(Como de tí mismo he oido),

Que me des la vida espero,

Que no me la has dado; y pues

El dar engrandece más,

Si ántes liberal, serás

Agradecido despues.

Clotal.

Vencido de tu argumento,

Ántes liberal seré.

Yo, Rosaura, te daré

Mi hacienda, y en un convento

Vive; que está bien pensado

El medio que solicito;

Pues huyendo de un delito,

Te recoges á un sagrado;

Que cuando desdichas siente

El reino, tan dividido,

Habiendo noble nacido,

No he de ser quien las aumente.

Con el remedio elegido

Soy en el reino leal,

Soy contigo liberal,

Con Astolfo agradecido;

Y así escoge el que te cuadre,

Quedándose entre los dos,

Que no hiciera ¡vive Dios!

Más, cuando fuera tu padre.

Rosaura.

Cuando tú mi padre fueras,

Sufriera esa injuria yo;

Pero no siéndolo, no.

Clotal.

¿Pues qué es lo que hacer esperas?

Rosaura.

Matar al Duque.

Clotal.

¿Una dama,

Que padre no ha conocido,

Tanto valor ha tenido?

Rosaura.

Sí.

Clotal.

¿Quién te alienta?

Rosaura.

Mi fama.

Clotal.

Mira que, á Astolfo has de ver...

Rosaura.

Todo mi honor lo atropella.

Clotal.

Tu rey, y esposo de Estrella.

Rosaura.

¡Vive Dios que no ha de ser!

Clotal.

Es locura.

Rosaura.

Ya lo veo.

Clotal.

Pues véncela.

Rosaura.

No podré.

Clotal.

Pues perderás...

Rosaura.

Ya lo sé.

Clotal.

Vida y honor.

Rosaura.

Bien lo creo.

Clotal.

¿Qué intentas?

Rosaura.

Mi muerte.

Clotal.

Mira

Que eso es despecho.

Rosaura.

Es honor.

Clotal.

Es desatino.

Rosaura.

Es valor.

Clotal.

Es frenesí.

Rosaura.

Es rabia, es ira.

Clotal.

En fin, ¿que no se da medio

A tu ciega pasion?

Rosaura.

No.

Clotal.

¿Quién ha de ayudarte?

Rosaura.

Yo.

Clotal.

¿No hay remedio?

Rosaura.

No hay remedio.

Clotal.

Piensa bien si hay otros modos...

Rosaura.

Perderme de otra manera. (Vase.)

Clotal.

Pues si has de perderte, espera,

Hija, y perdámonos todos. (Vase.)


Campo.

ESCENA IX.

SEGISMUNDO, vestido de pieles; SOLDADOS, marchando; CLARIN.

(Tocan cajas.)

Segism.

Si este dia me viera

Roma en los triunfos de su edad primera,

¡Oh, cuánto se alegrara

Viendo lograr una ocasion tan rara,

De tener una fiera

Que sus grandes ejércitos rigiera,

A cuyo altivo aliento

Fuera poca conquista el firmamento!

Pero el vuelo abatamos,

Espíritu; no así desvanezcamos

Aqueste aplauso incierto,

Si ha de pesarme cuando esté despierto,

De haberlo conseguido

Para haberlo perdido;

Pues miéntras ménos fuere,

Ménos se sentirá si se perdiere.

(Tocan un clarin.)

Clarin.

En un veloz caballo

(Perdóname, que fuerza es el pintallo

En viniéndome á cuento),

En quien un mapa se dibuja atento,

Pues el cuerpo es la tierra,

El fuego el alma que en el pecho encierra,

La espuma el mar, y el aire es el suspiro,

En cuya confusion un caos admiro;

Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,

Monstruo es de fuego, tierra, mar y viento;

De color remendado,

Rucio, y á su propósito rodado,

Del que bate la espuela;

Que en vez de correr vuela;

A tu presencia llega

Airosa una mujer.

Segism.

Su luz me ciega.

Clarin.

¡Vive Dios, que es Rosaura! (Retírase.)

Segism.

El cielo á mi presencia la restaura.

ESCENA X.

ROSAURA, con vaquero, espada y daga.—SEGISMUNDO, SOLDADOS.

Rosaura.

Generoso Segismundo,

Cuya majestad heroica

Sale al dia de sus hechos

De la noche de sus sombras;

Y como el mayor planeta,

Que en los brazos de la aurora

Se restituye luciente

A las plantas y á las rosas,

Y sobre montes y mares,

Cuando coronado asoma,

Luz esparce, rayos brilla,

Cumbres baña, espumas borda;

Así amanezcas al mundo,

Luciente sol de Polonia,

Que á una mujer infelice,

Que hoy á tus plantas se arroja,

Ampares por ser mujer

Y desdichada: dos cosas,

Que para obligarle á un hombre,

Que de valiente blasona,

Cualquiera de las dos basta,

Cualquiera de las dos sobra.

Tres veces son las que ya

Me admiras, tres las que ignoras

Quién soy, pues las tres me viste

En diverso traje y forma.

La primera me creiste

Varon en la rigurosa

Prision, donde fué tu vida

De mis desdichas lisonja.

La segunda me admiraste

Mujer, cuando fué la pompa

De tu majestad un sueño,

Una fantasma, una sombra.

La tercera es hoy, que siendo

Monstruo de una especie y otra,

Entre galas de mujer

Armas de varon me adornan.

Y porque compadecido

Mejor mi amparo dispongas,

Es bien que de mis sucesos

Trágicas fortunas oigas.

De noble madre nací

En la corte de Moscovia,

Que, segun fué desdichada,

Debió de ser muy hermosa.

En esta puso los ojos

Un traidor, que no le nombra

Mi voz por no conocerle,

De cuyo valor me informa

El mio; pues siendo objeto

De su idea, siento ahora

No haber nacido gentil,

Para persuadirme loca

A que fué algun dios de aquellos

Que en metamorfósis llora

Lluvia de oro, cisne y toro

En Dánae, Leda y Europa.

Cuando pensé que alargaba,

Citando aleves historias,

El discurso, hallo que en él

Te he dicho en razones pocas

Que mi madre, persuadida

A finezas amorosas,

Fué, como ninguna, bella,

Y fué infeliz como todas.

Aquella necia disculpa

De fe y palabra de esposa

La alcanzó tanto, que áun hoy

El pensamiento la llora;

Habiendo sido un tirano

Tan Eneas de su Troya,

Que la dejó hasta la espada.

Enváinese aquí su hoja,

Que yo la desnudaré

Ántes que acabe la historia.

Deste, pues, mal dado nudo

Que ni ata ni aprisiona,

Ó matrimonio ó delito,

Si bien todo es una cosa.

Nací yo tan parecida,

Que fuí un retrato, una copia,

Ya que en la hermosura no,

En la dicha y en las obras;

Y así, no habré menester

Decir que poco dichosa

Heredera de fortunas,

Corrí con ella una propia.

Lo más que podré decirte

De mí, es el dueño que roba

Los trofeos de mi honor,

Los despojos de mi honra.

Astolfo... ¡Ay de mí! al nombrarle

Se encoleriza y se enoja

El corazon, propio efecto

De que enemigo le nombra.—

Astolfo fué el dueño ingrato,

Que olvidado de las glorias

(Porque en un pasado amor

Se olvida hasta la memoria),

Vino á Polonia, llamado

De su conquista famosa,

A casarse con Estrella,

Que fué de mi ocaso antorcha.

¿Quién crêrá, que habiendo sido

Una estrella quien conforma

Dos amantes, sea una Estrella

La que los divida ahora?

Yo ofendida, yo burlada,

Quedé triste, quedé loca,

Quedé muerta, quedé yo,

Que es decir, que quedó toda

La confusion del infierno

Cifrada en mi Babilonia;

Y declarándome muda

(Porque hay penas y congojas

Que las dicen los afectos

Mucho mejor que la boca),

Dije mis penas callando,

Hasta que una vez á solas,

Violante mi madre (¡ay cielos!)

Rompió la prision, y en tropa

Del pecho salieron juntas,

Tropezando unas con otras.

No me embaracé en decirlas;

Que en sabiendo una persona

Que, á quien sus flaquezas cuenta,

Ha sido cómplice en otras,

Parece que ya le hace

La salva y le desahoga;

Que á veces el mal ejemplo

Sirve de algo. En fin, piadosa

Oyó mis quejas, y quiso

Consolarme con las propias:

Juez que ha sido delincuente,

¡Qué fácilmente perdona!

Escarmentando en sí misma,

Y por negar á la ociosa

Libertad, al tiempo fácil,

El remedio de su honra,

No le tuvo en mis desdichas;

Por mejor consejo toma

Que le siga, y que le obligue,

Con finezas prodigiosas,

A la deuda de mi honor;

Y para que á ménos costa

Fuese, quiso mi fortuna

Que en traje de hombre me ponga.

Descuelga una antigua espada

Que es esta que ciño: ahora

Es tiempo que se desnude,

Como prometí, la hoja,

Pues confiada en sus señas,

Me dijo: «Parte á Polonia,

Y procura que te vean

Ese acero que te adorna,

Los más nobles; que en alguno

Podrá ser que hallen piadosa

Acogida tus fortunas,

Y consuelo tus congojas.»

Llegué á Polonia, en efecto:

Pasemos, pues que no importa

El decirlo, y ya se sabe,

Que un bruto que se desboca

Me llevó á tu cueva, adonde

Tú de mirarme te asombras.

Pasemos que allí Clotaldo

De mi parte se apasiona,

Que pide mi vida al Rey,

Que el Rey mi vida le otorga,

Que informado de quién soy,

Me persuade á que me ponga

Mi propio traje, y que sirva

A Estrella, donde ingeniosa

Estorbé el amor de Astolfo

Y el ser Estrella su esposa.

Pasemos que aquí me viste

Otra vez confuso, y otra

Con el traje de mujer

Confundiste entrambas formas;

Y vamos á que Clotaldo,

Persuadido á que le importa

Que se casen y que reinen

Astolfo y Estrella hermosa,

Contra mi honor me aconseja

Que la pretension deponga.

Yo, viendo que tú, ¡oh valiente

Segismundo! á quien hoy toca

La venganza, pues el cielo

Quiere que la cárcel rompas

De esa rústica prision,

Donde ha sido tu persona

Al sentimiento una fiera,

Al sufrimiento una roca,

Las armas contra tu patria

Y contra tu padre tomas,

Vengo á ayudarte, mezclando

Entre las galas costosas

De Dïana, los arneses

De Pálas, vistiendo ahora

Ya la tela y ya el acero,

Que entrambos juntos me adornan.

Ea, pues, fuerte caudillo,

A los dos juntos importa

Impedir y deshacer

Estas concertadas bodas:

A mí, porque no se case

El que mi esposo se nombra,

Y á tí, porque, estando juntos

Sus dos estados, no pongan

Con más poder y más fuerza

En duda nuestra victoria.

Mujer vengo á persuadirte

Al remedio de mi honra,

Y varon vengo á alentarte

A que cobres tu corona.

Mujer vengo á enternecerte

Cuando á tus plantas me ponga,

Y varon vengo á servirte

Con mi acero y mi persona.

Y así piensa, que si hoy

Como mujer me enamoras,

Como varon te daré

La muerte en defensa honrosa

De mi honor; porque he de ser,

En su conquista amorosa,

Mujer para darte quejas.

Varon para ganar honras.

Segism.

(Ap.) Cielos, si es verdad que sueño,

Suspendedme la memoria,

Que no es posible que quepan

En un sueño tantas cosas.

¡Válgame Dios, quién supiera,

Ó saber salir de todas,

Ó no pensar en ninguna!

¿Quién vió penas tan dudosas?

Si soñé aquella grandeza

En que me ví, ¿cómo ahora

Esta mujer me refiere

Unas señas tan notorias?

Luego fué verdad, no sueño;

Y si fué verdad (que es otra

Confusion, y no menor),

¿Cómo mi vida le nombra

Sueño? Pues ¿tan parecidas

A los sueños son las glorias,

Que las verdaderas son

Tenidas por mentirosas,

Y las fingidas por ciertas?

¡Tan poco hay de unas á otras,

Que hay cuestion sobre saber

Si lo que se ve y se goza,

Es mentira ó es verdad!

¿Tan semejante es la copia

Al original, que hay duda

En saber si es ella propia?

Pues si es así, y ha de verse

Desvanecida entre sombras

La grandeza y el poder,

La majestad y la pompa,

Sepamos aprovechar

Este rato que nos toca,

Pues sólo se goza en ella

Lo que entre sueños se goza.

Rosaura está en mi poder,

Su hermosura el alma adora;

Gocemos, pues, la ocasion;

El amor las leyes rompa

Del valor y la confianza

Con que á mis plantas se postra.

Esto es sueño; y pues lo es,

Soñemos dichas ahora,

Que despues serán pesares.

Mas ¡con mis razones propias

Vuelvo á convencerme á mí!

Si es sueño, si es vanagloria,

¿Quién por vanagloria humana

Pierde una divina gloria?

¿Qué pasado bien no es sueño?

¿Quién tuvo dichas heroicas

Que entre sí no diga, cuando

Las revuelve en su memoria:

Sin duda que fué soñado

Cuanto ví? Pues si esto toca

Mi desengaño, si sé

Que es el gusto llama hermosa,

Que la convierte en cenizas

Cualquiera viento que sopla,

Acudamos á lo eterno,

Que es la fama vividora

Donde ni duermen las dichas,

Ni las grandezas reposan.

Rosaura está sin honor;

Más á un príncipe le toca

El dar honor, que quitarle.

¡Vive Dios! que de su honra

He de ser conquistador,

Ántes que de mi corona.

Huyamos de la ocasion,

Que es muy fuerte.—Alarma, (A un soldado.)

Que hoy he dar la batalla,

Ántes que la oscura sombra

Sepulte los rayos de oro

Entre verdinegras ondas.

Rosaura.

¡Señor! ¿pues así te ausentas?

¿Pues ni una palabra sola

No le debe mi cuidado,

Ni merece mi congoja?

¿Cómo es posible, señor,

Que ni me mires ni oigas?

¿Aun no me vuelves el rostro?

Segism.

Rosaura, al honor le importa,

Por ser piadoso contigo,

Ser cruel contigo ahora.

No te responde mi voz,

Porque mi honor te responda;

No te hablo, porque quiero

Que te hablen por mí mis obras,

Ni te miro, porque es fuerza,

En pena tan rigurosa,

Que no mire tu hermosura

Quien ha de mirar tu honra.

(Vase, y los soldados con él.)

Rosaura.

¿Qué enigmas, cielos, son estas?

Despues de tanto pesar,

¡Aún me queda que dudar

Con equívocas respuestas!

ESCENA XI.

CLARIN.—ROSAURA.

Clarin.

¿Señora, es hora de verte?

Rosaura.

¡Ay Clarin! ¿dónde has estado?

Clarin.

En una torre encerrado

Brujuleando mi muerte,

Si me da, ó si no me da;

Y á figura que me diera,

Pasante quínola fuera

Mi vida: que estuve ya

Para dar un estallido.

Rosaura.

¿Por qué?

Clarin.

Porque sé el secreto

De quien eres, y en efeto,

Clotaldo... ¿Pero qué ruido

Es este? (Suenan cajas.)

Rosaura.

¿Qué puede ser?

Clarin.

Que del palacio sitiado

Sale un escuadron armado

A resistir y vencer

El del fiero Segismundo.

Rosaura.

¿Pues cómo cobarde estoy,

Y ya á su lado no soy

Un escándalo del mundo,

Cuando ya tanta crueldad

Cierra sin órden ni ley? (Vase.)

ESCENA XII.

CLARIN.—Soldados, dentro.

Voces.

(De unos.) ¡Viva nuestro invicto Rey!

Voces.

(De otros.) ¡Viva nuestra libertad!

Clarin.

¡La libertad y el Rey vivan!

Vivan muy enhorabuena,

Que á mí nada me da pena

Como en cuenta me reciban

Que yo, apartado este dia

En tan grande confusion,

Haga el papel de Neron,

Que de nada se dolía,

Si bien me quiero doler

De algo, y ha de ser de mí:

Escondido, desde aquí

Toda la fiesta he de ver.

El sitio es oculto y fuerte,

Entre estas peñas.—Pues ya

La muerte no me hallará,

Dos higas para la muerte.

(Escóndese: tocan cajas, y suena ruido de armas).

ESCENA XIII.

BASILIO, CLOTALDO y ASTOLFO, huyendo.—CLARIN, oculto.

Basilio.

¡Hay más infelice rey!

¡Hay padre más perseguido!

Clotal.

Ya tu ejército vencido

Baja sin tino ni ley.

Astolfo.

Los traidores vencedores

Quedan.

Basilio.

En batallas tales

Los que vencen son leales,

Los vencidos los traidores.

Huyamos, Clotaldo, pues,

Del cruel, del inhumano

Rigor de un hijo tirano.

(Disparan dentro y cae Clarin herido de donde está.)

Clarin.

¡Válgame el cielo!

Astolfo.

¿Quién es

Este infelice soldado,

Que á nuestros piés ha caido

En sangre todo teñido?

Clarin.

Soy un hombre desdichado,

Que por quererme guardar

De la muerte, la busqué.

Huyendo della, encontré

Con ella, pues no hay lugar,

Para la muerte, secreto:

De donde claro se arguye,

Que quien más su efecto huye,

Es quien se llega á su efeto.

Por eso tornad, tornad

A la lid sangrienta luego;

Que entre las armas y el fuego

Hay mayor seguridad

Que en el monte más guardado,

Pues no hay seguro camino

A la fuerza del destino

Y á la inclemencia del hado;

Y así, aunque á libraros vais

De la muerte con huir,

Mirad que vais á morir,

Si está de Dios que murais. (Cae dentro.)

Basilio.

¡Mirad que vais á morir,

Si está de Dios que murais!

¡Qué bien (¡hay cielos!) persuade

Nuestro error, nuestra ignorancia

A mayor conocimiento

Este cadáver que habla

Por la boca de una herida,

Siendo el humor que desata

Sangrienta lengua que enseña

Que son diligencias vanas

Del hombre, cuantas dispone

Contra mayor fuerza y causa!

Pues yo, por librar de muertes

Y sediciones mi patria,

Vine á entregarla á los mismos

De quien pretendí librarla.

Clotal.

Aunque el hado, señor, sabe

Todos los caminos, y halla

A quien busca entre lo espeso

De las peñas, no es cristiana

Determinacion decir

Que no hay reparo á su saña.

Sí hay, que el prudente varon

Victoria del hado alcanza;

Y si no estás reservado

De la pena y la desgracia,

Haz por donde te reserves.

Astolfo.

Clotaldo, señor, te habla

Como prudente varon

Que madura edad alcanza,

Yo como jóven valiente.

Entre las espesas matas

De ese monte está un caballo,

Veloz aborto del aura;

Huye en él, que yo entre tanto

Te guardaré las espaldas.

Basilio.

Si está de Dios que yo muera,

Ó si la muerte me aguarda

Aquí, hoy la quiero buscar,

Esperando cara á cara.

(Tocan al arma.)

ESCENA XIV.

SEGISMUNDO, ESTRELLA, ROSAURA, soldados, acompañamiento.—BASILIO, ASTOLFO, CLOTALDO.

Soldado.

En lo intrincado del monte,

Entre sus espesas ramas,

El Rey se esconde.

Segism.

¡Seguidle!

No quede en sus cumbres planta

Que no examine el cuidado,

Tronco á tronco, y rama á rama.

Clotal.

¡Huye, señor!

Basilio.

¿Para qué?

Astolfo.

¿Qué intentas?

Basilio.

Astolfo, aparta.

Clotal.

¿Qué quieres?

Basilio.

Hacer, Clotaldo,

Un remedio que me falta.—

Si á mí buscándome vas, (A Segismundo.)

Ya estoy, príncipe, á tus plantas:

(Arrodillándose.)

Sea dellas blanca alfombra

Esta nieve de mis canas.

Pisa mi cerviz, y huella

Mi corona; postra, arrastra

Mi decoro y mi respeto;

Toma de mi honor venganza,

Sírvete de mí cautivo;

Y tras prevenciones tantas,

Cumpla el hado su homenaje,

Cumpla el cielo su palabra.

Segism.

Corte ilustre de Polonia,

Que de admiraciones tantas

Sois testigos, atended,

Que vuestro príncipe os habla.

Lo que está determinado

Del cielo, y en azul tabla

Dios con el dedo escribió,

De quien son cifras y estampas

Tantos papeles azules

Que adornan letras doradas,

Nunca engaña, nunca miente;

Porque quien miente y engaña

Es quien, para usar mal dellas,

Las penetra y las alcanza.

Mi padre, que está presente,

Por excusarse á la saña

De mi condicion, me hizo

Un bruto, una fiera humana:

De suerte, que cuando yo

Por mi nobleza gallarda,

Por mi sangre generosa,

Por mi condicion bizarra

Hubiera nacido dócil

Y humilde, sólo bastara

Tal género de vivir,

Tal linaje de crianza,

Á hacer fieras mis costumbres:

¡Qué buen modo de estorbarlas!

Si á cualquier hombre dijesen:

«Alguna fiera inhumana

Te dará muerte:» ¿escogiera

Buen remedio en despertalla

Cuando estuviera durmiendo?

Si dijeran: «Esta espada

Que traes ceñida, ha de ser

Quien te dé la muerte;» vana

Diligencia de evitarlo

Fuera entónces desnudarla

Y ponérsela á los pechos.

Si dijesen: «Golfos de agua

Han de ser tu sepultura

En monumentos de plata;»

Mal hiciera en darse al mar,

Cuando soberbio levanta

Rizados montes de nieve,

De cristal crespas montañas.

Lo mismo le ha sucedido

Que á quien, porque le amenaza

Una fiera, la despierta;

Que á quien, temiendo una espada,

La desnuda; y que á quien mueve

Las ondas de una borrasca:

Y cuando fuera (escuchadme)

Dormida fiera mi saña,

Templada espada mi furia,

Mi rigor quieta bonanza,

La fortuna no se vence

Con injusticia y venganza,

Porque ántes se incita más;

Y así, quien vencer aguarda

Á su fortuna, ha de ser

Con cordura y con templanza.

No ántes de venir el daño

Se reserva ni se guarda

Quien le previene; que aunque

Puede humilde (cosa es clara)

Reservarse dél, no es

Sino despues que se halla

En la ocasion, porque aquesta

No hay camino de estorbarla.

Sirva de ejemplo este raro

Espectáculo, esta extraña

Admiracion, este horror,

Este prodigio; pues nada

Es más, que llegar á ver

Con prevenciones tan várias,

Rendido á mis piés á un padre,

Y atropellado á un monarca.

Sentencia del cielo fué;

Por más que quiso estorbarla

Él, no pudo; ¿y podré yo

Que soy menor en las canas,

En el valor y en la ciencia,

Vencerla?—Señor, levanta, (Al Rey.)

Dame tu mano; que ya

Que el cielo te desengaña

De que has errado en el modo

De vencerla, humilde aguarda

Mi cuello á que tú te vengues:

Rendido estoy á tus plantas.

Basilio.

Hijo, que tan noble accion

Otra vez en mis entrañas

Te engendra, príncipe eres.

A tí el laurel y la palma

Se te deben; tú venciste;

Corónente tus hazañas.

Todos.

¡Viva Segismundo, viva!

Segism.

Pues que ya vencer aguarda

Mi valor grandes victorias,

Hoy ha de ser la más alta

Vencerme á mí.—Astolfo dé

La mano luego á Rosaura,

Pues sabe que de su honor

Es deuda y yo he de cobrarla.

Astolfo.

Aunque es verdad que la debo

Obligaciones, repara

Que ella no sabe quién es;

Y es bajeza y es infamia

Casarme yo con mujer...

Clotal.

No prosigas, tente, aguarda;

Porque Rosaura es tan noble

Como tú, Astolfo, y mi espada

Lo defenderá en el campo;

Que es mi hija, y esto basta.

Astolfo.

¿Qué dices?

Clotal.

Que yo hasta verla

Casada, noble y honrada,

No la quise descubrir.

La historia desto es muy larga;

Pero, en fin, es hija mia.

Astolfo.

Pues siendo así, mi palabra

Cumpliré.

Segism.

Pues porque Estrella

No quede desconsolada,

Viendo que príncipe pierde

De tanto valor y fama,

De mi propia mano yo

Con esposo he de casarla

Que en méritos y fortuna,

Si no le excede, le iguala.

Dáme la mano.

Estrel.

Yo gano

En merecer dicha tanta.

Segism.

A Clotaldo, que leal

Sirvió á mi padre, le aguardan

Mis brazos, con las mercedes

Que él pidiere que le haga.

Soldado.

Si así á quien no te ha servido

Honras, ¿á mí que fuí causa

Del alboroto del reino,

Y de la torre en que estabas

Te saqué, qué me darás?

Segism.

La torre; y porque no salgas

Della nunca, hasta morir

Has de estar allí con guardas;

Que el traidor no es menester

Siendo la traicion pasada.

Basilio.

Tu ingenio á todos admira.

Astolfo.

¡Qué condicion tan mudada!

Rosaura.

¡Qué discreto y qué prudente!

Segism.

¿Qué os admira? ¿qué os espanta,

Si fué mi maestro un sueño,

Y estoy temiendo en mis ánsias

Que he de dispertar y hallarme

Otra vez en mi cerrada

Prision? Y cuando no sea,

El soñarlo sólo basta;

Pues así llegué á saber

Que toda la dicha humana

En fin pasa como un sueño,

Y quiero hoy aprovecharla

El tiempo que me durare:

Pidiendo de nuestras faltas

Perdon, pues de pechos nobles

Es tan propio el perdonarlas.